Lo absoluto

«¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla,
la tuya, guárdatela»
Antonio Machado

   Jueves, 11 de marzo de 2004. Hoy me había propuesto escribir mi segundo "Raseo", aupándome de nuevo a esta columna virtual erigida en "La Horqueta". Ciertamente, lo que ocurre a nuestro alrededor debe condicionar y, de hecho, condiciona nuestras previsiones, aquello que -casi sin querer- planificamos para el día siguiente o para dentro de unas semanas.

   Me parecería una falta de respeto, de humanidad, sentarme ante mi ordenador y opinar si no me parece apropiado colocar un belén encima de una imagen sagrada o si encargar la "conservación" de nuestro patrimonio procesional a los ratones es una falta de ética, de consideración hacia quienes se esforzaron en legarnos lo que tenemos. No, hoy no puedo pensar en eso.

   Sólo dos horas después del cruel, despiadado, brutal... (tres sinónimos que aún se quedan pequeños para la magnitud de la barbarie asesina) atentado de Madrid, cuando los cadáveres en las estaciones de Atocha, El Pozo y Santa Eugenia goteaban incesantes en cifras que aterradoramente crecían sin parar, sólo dos horas después como digo, pude asistir atónito a cómo en un canal de televisión dos periodistas que yo creía profesionales (nada que ver con los polemistas de turno) se afanaban en matizar, en mantener un enfrentamiento dialéctico ante lo indiscutible.

   Cuando la muerte indiscriminada y a granel se nos coloca ante nuestras narices, se cuela a borbotones en la sala de estar a través de los monitores, de las fotografías en los periódicos, de los alaridos que pudieron escucharse en los receptores de radio, no entiendo cómo todavía pueden existir controversias sobre aquello que no puede cuestionarse, algo que no puede siquiera dudarse...

   Hace unos días, tuve ocasión de acercar mis labios a los pies del Nazareno para agradecerle cuanto de bueno hay en mi vida. También le pedí -lo reconozco- por aquello que aún creo que me falta. Él decidirá si es así. Le rogué, además, ayuda para vivir en armonía con mis semejantes. Sé muy bien que, en muchas ocasiones, mis opiniones acerca de tal o cual aspecto de las cofradías difiere de las directrices que emanan de las juntas de seises. Pero si, por encima de todo, tengo algo claro es que mis criterios o razonamientos deben ser escuchados y compartidos desde el más absoluto respeto a los demás. Su ausencia es el primer peldaño de una escalera que eleva, poco a poco, a quien decide utilizarla hacia posturas cada vez más radicales e intolerantes de las que el terrorismo es, por desgracia, su cénit.

   El día en que decidimos vestir una túnica por primera vez o continuarla poniendo cuando tuvimos conciencia para ello, dimos un paso adelante en nuestras creencias, en nuestras convicciones. De nada serviría quedarse parado y no continuar ese crecimiento espiritual y moral que debe ir parejo al desarrollo físico e intelectual de cada uno. No quisiera dogmatizar con estas humildes palabras nacidas al amparo de la rabia, la impotencia, la sinrazón. Si deseo, en cambio, protestar públicamente mi verdad, la Verdad que hallé en la penumbra de Santa Nonia, en la prueba de un Cristo que simboliza a todos los Cristos. Y es que encontré lo absoluto en la sangre derramada del Señor, en su expresión de ilimitada mansedumbre, en la mirada profunda del Nazareno. Que Él se apiade de ellos.


Lectura del Acta anterior