Luz y Vida
(En memoria de Vicente Díez García)

«Hasta morir, todo es vida»

Alfonso de Orozco

   Le conocí -supongo que fruto de la Casualidad- en Santa Nonia, una calurosa mañana de julio de 1997. Meses atrás, había recalado en León como responsable de los micrófonos de RNE procedente de la redacción de La Opinión de su Zamora natal. Apenas había vivido una Semana Santa en nuestra ciudad, pero ya se encontraba imbuído por completo en sus entresijos, ya estaba -y cito sus impresiones- «contagiado del fervor de los hermanos, del esfuerzo penitente de los braceros».

   De alguna forma, tras instalarse en el corazón de Ordoño II, sintiendo propias estas calles y su celebración pasional, continuaba ligado a sus raíces, a ese templo unido a su nombre y a su hogar. Firme impulsor de la Semana Mayor zamorana, Vicente Díez había fundado diez años antes la Hermandad Penitencial de Nuestro Señor Jesús, Luz y Vida, una cofradía nacida para homenajear a cuantos hicieron posible esa manifestación de fe, en un acto repetido cada año a las puertas del Cementerio de San Atilano, donde reposan muchos de ellos. Una muestra de amor desmedido por la tradición más representativa de la ciudad del Duero, algo que siempre llevó en la sangre, que transmitió desde la cuna a sus hijos Vicente y Alfonso y que se dejó notar -como no podía ser de otra forma- en su despedida.

   Quizá le defina bien su vocación de cargador, bajo la mesa de Nuestra Madre y bajo las andas de tantos proyectos realizados, de infinidad de palabras escritas y pronunciadas. Y es que, lejos de la influencia de sus múltiples responsabilidades en los medios de comunicación, lejos del oropel de los cargos, Vicente era un cofrade de los que se disponen en igualdad, una persona que hacía sentirse especial a todos y a cada uno.

   Esa mirada suya, tan afable, tan repleta de aprecio para quienes tuvimos la Suerte de compartirle y también para los que no, era la que impregnaba de sentido esa concepción equitativa de la vida, esa humanidad desbordante y espontánea que destilaban sus gestos, sus aciertos, sus fallos.

   Con su anticipada marcha, Vicente se ha convertido en el Barandales que atraviesa el Puente de Piedra en la noche del Sábado de Pasión, invitándonos al silencio, a la reflexión sobre nuestra olvidada condición de mortales. Se nos ha ido también un papón que arrimaba con fuerza su hombro para levantar este colosal paso que es nuestra Semana Santa. De ella y de nosotros siempre hablaba con orgullo. Como lo hacía de esa Zamora que continuará pregonando allá donde esté. Lástima que casi nadie logre ser profeta en su tierra.

   Cuando hace cuatro años el Destino le condujo a Valladolid, dejó en León un hueco que se continuó llenando en sus constantes visitas y en la satisfacción por su labor al frente de RNE y de TVE en los respectivos centros regionales. Una ausencia que ahora sólo podremos mitigar desde el recuerdo, entre detalles que parecieron insignificantes algún día pero que -en adelante- serán sustento para nuestra esperanza. Cuando la túnica cisterciense y alba de Luz y Vida ha cubierto por completo la existencia terrena de Vicente Díez, sé que su ejemplo nos continuará guiando en nuestro camino, ante la verdadera finalidad del paso por este mundo, del tango que se dice que todos deberíamos bailar.

   Me quedo con una de las muchas frases que, en estos días, intentan esbozar su inolvidable figura. Seguramente la condense con mayor acierto que estas otras mías, hilvanadas con la tristeza y la sinceridad que me invaden, envueltas en el cariño y la admiración que me siguen uniendo a él y a los suyos. «Fue generoso con todos, excepto consigo mismo».


Lectura del Acta anterior