«Siempre llega un momento en la Historia en el que aquel que se
atreve a decir que dos y dos son cuatro, es condenado a muerte»
Albert Camus
El pasado junio los llamativos titulares de prensa anunciaban la inminente puesta en marcha de la azarosa restauración del Palacio de los Condes de Luna, el último emplazamiento elegido -por el momento- para albergar el Museo de Semana Santa. La noticia, además, venía salpicada por la advertencia del regidor municipal de que no se le dará ese uso «si la calidad de las obras que se expongan en él no es la exigida». Me pregunto qué significado tendrá la palabra calidad en el diccionario personal de nuestro alcalde. ¿Tendrán suficiente calidad La Cena, La Segunda Palabra o El Descencimiento? ¿Y los tronos de la Virgen de las Angustias o El Nazareno? ¿Y los ajuares procesionales de las distintas cofradías? ¿Y su documentación? ¿Y su historia? ¿Y la de León? ¿Y el beneficio de sus habitantes?
Como ocurriese con los anteriores -cambiar para seguir igual- el nuevo gobierno municipal sigue abonado a la actuación torpe, soberbia e ignorante en cuanto se refiere a nuestra Semana Santa. Primero les dijo a los abades que en esta legislatura no habría Museo, maquillando el hecho como «desinterés de las cofradías hacia éste». Un mes después, la propia corporación -tras aprobar el proyecto de rehabilitación del Palacio- desvinculó su fin como Museo de Semana Santa, retractándose más tarde y abogando por un «uso compartido del edificio». Como si mil setecientos metros cuadrados -distribuidos en estancias ya delimitadas- diesen para mucho.
Por si no fuera suficiente, el nombramiento del nuevo coordinador de la Junta Mayor y su manifiesta ineptitud durante estos seis meses en el cargo, ha revertido negativamente en una operación -la restauración del Palacio de los Condes de Luna- fraguada desde 1996 y en la que tan sólo la Fundación Octavio Álvarez Carballo -su legítima propietaria- ha salido beneficiada, obteniendo la recalificación de sus terrenos del Polígono 10 a cambio de cederle al Ayuntamiento la factura de unas obras que, a medida que transcurre el tiempo, aumenta vertiginosamente.
Vuelve a mentirse con el Museo. Como ha venido sucediendo durante el último medio siglo -convertido ya en secular tradición de la política leonesa- vuelve a anunciarse el inicio de unas obras que -de llevarse a cabo en esta ocasión- no sabemos si darán paso al necesario centro neurálgico de nuestra Semana Santa. Sabemos, eso sí, que el proyecto de rehabilitación del único exponente de gótico civil en la ciudad, a la sazón Monumento Nacional desde 1931, fue costeado en su día -es decir, hace más de tres años- por la Junta Mayor. Sabemos también que esa entidad le concedió su "Papón de Plata" a un alcalde que anunció repetidamente unas obras que jamás llegaron -como tantos otros proyectos olvidados- y que adquirió simpatías a fuerza de subvencionar actividades y tronos y de ceder diecisiete cuadras que hacen las veces de auténtico museo de Semana Santa.
Estamos acostumbrados a ver cómo la opinión pública es capaz de virar el rumbo de una situación que le afecte. Ciertamente, se han escuchado demasiadas mentiras desde el Consistorio, no durante el último año, sino desde muchos más atrás. Si la Junta Mayor -dieciocho personas con nombres y apellidos- se preocupara un mínimo de cumplir los fines y obligaciones recogidos en sus estatutos, respaldada por un colectivo y una ciudadanía que entiende el Museo de Semana Santa como beneficio integral para León y no sólo como déuda histórica con la celebración, a buen seguro que el sueño sería -hace ya mucho tiempo- palpable realidad.
La Junta Mayor ha de ser quien elabore medidas de presión para persuadir al Ayuntamiento de la necesidad y conveniencia del proyecto. Una campaña de recogida de firmas o manifiestos -como el difundido por la Hermandad de Santa Marta durante la pasada Cuaresma- pueden ser buenas iniciativas para mejorar la depauperada utilidad del órgano agrupacional. Por el contrario, guardar silencio o, símplemente, sonreir para la foto y dar una palmada en la espalda a la autoridad de turno es ser cómplice de la indiferencia, aliado de la mentira.
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