«El mejor profeta del futuro es el pasado»
Lord Byron
Cayetano Antonio Cuadrillero y Mota fue Obispo de Ciudad Rodrigo entre 1763 y 1777 en una época en que las cofradías se habían volcado en lo externo, olvidando sus fines asistenciales y multiplicando los gastos en actividades que poco o muy poco se relacionaban con el culto divino. El último cuarto del siglo XVIII estuvo marcado en España por una creciente pobreza que Cuadrillero pretendió atajar llevando a la práctica el lema de su episcopado: «Evangelizare pauperibus misit me» [Me ha enviado para evangelizar a los pobres]. Sea como fuere, el 8 de junio de 1768, el prelado acudió ante el Consejo de Castilla para denunciar la actitud de las cofradías, iniciando así un largo proceso de reforma que conduciría a la extinción de algunas, a la fusión de otras y -en definitiva- a la total transformación de esta expresión religiosa y popular que, en las postrimerías barrocas, se había convertido en alborotadora fiesta profana donde primaba lo formal en detrimento del espíritu religioso original. Antes de finalizar 1777 -año de la prohibición real de penitentes y disciplinantes de sangre-, el Obispo Cuadrillero fue trasladado a nuestra diócesis, donde permanecería hasta 1800, fundando el Hospicio que se levantó sobre el solar que ahora ocupa el Parque que lleva su nombre y mediando en el conflicto ocasionado por la supresión del estipendio a los braceros de "Jesús", promoviendo el pago de dos reales a cada uno de ellos como solución a la histórica crisis de puja en la Cofradía.
Julián López Martín dirigió el episcopado civitatense entre 1994 y 2002, siendo en este último año trasladado a León donde -en la actualidad- desarrolla su labor pastoral. Coincidencias y comparaciones aparte, parece ser que nuestro prelado tiene una especial preocupación por reformar los entresijos de la Semana Santa y sus tradiciones anejas. No en vano, en octubre pasado rubricó unos criterios y un estatuto marco para la erección de nuevas congregaciones y hace escasos meses recortó la asistencia de bandas a la Procesión del Corpus, amén de otras sonadas y polémicas actuaciones que no dejan lugar a dudas de sus intenciones.
Siendo de todo punto beneficioso establecer unas normas para posibles nuevas penitenciales -lástima que Vilaplana no fuese en su día consciente de ello- resulta injusto que se exija tanto a quienes quieren entrar y nada a los que ya están dentro. Me explico. Es carente de toda lógica que las futuras congregaciones deban ser de naturaleza eminentemente abierta, democrática y participativa y, sin embargo, en los primeros estatutos sancionados por Julián López no figure ninguna de estas premisas que han vuelto a ser eludidas en las últimas reformas internas llevadas a efecto. ¿No se deberían devolver esos estatutos desde Palacio con cambios tan necesarios y obligados como los reflejados en el marco aprobado por el Obispado? ¿No resulta vergonzoso y sectario que se zancadillee la conversión pasional de una refundada cofradía de ánimas mientras, al mismo tiempo, se está permitiendo a las ya existentes transgredir las disposiciones del propio Monseñor?
Son preguntas que, de nuevo, nos colocan al borde del abismo a quienes nos atrevemos a pensar de forma diferente, por nosotros mismos, alejados de las masas que -lo dijo Gasset- pierden así su condición de seres con identidad y raciocinio propios. ¿Hay razones para justificar situaciones como las que estamos viviendo en nuestra Semana Santa de un tiempo a esta parte? ¿Qué es lo que ocurre? ¿Acaso están los hermanos de las cofradías alienados por su líder -léase gurú- particular y llevan sus capillos del revés con los orificios en la nuca?
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