Aprender

«Los hombres inteligentes quieren aprender;
los demás, enseñar»
Antón Chéjov

   En una Semana Santa en la que Encuentro es un término omnipresente, erigido en broche final y cénit, haciéndose acreedor del protagonismo de cortejos, itinerarios, miradas y atenciones... En una ciudad acogedora que trata al forastero con la hospitalidad que se le brinda a un amigo, tras romper con esa aparente frialdad y hermetismo que -dicen- nos caracteriza... todo aparenta ser un engaño.

   Atrás quedan tres días en Ávila compartidos con hermanos de Tarragona, Ciudad Real, Alzira, Tarancón, Jumilla, Madrid, Guardamar, Valladolid... Tres días de fraternidad y disfrute pero, sobre todo, de aprendizaje. Aprender, sí, aprender que la Semana Santa es un sentimiento, un proyecto común; que aún queda mucho por hacer; que ya casi todo está inventado; que hay lugares sin apelativos interesantes donde ponen más ilusión que nosotros... aprender, sí, aprender que León, que sus cofradías, pueden y deben dar mucho más de sí; que las instituciones deben alimentar a esa res que tan sólo se preocupan de ordeñar; que los hermanos deben ponerse la túnica cada día y a cada hora...

   El Encuentro. Allí estuvimos de nuevo. Como antes en Vigo, Calahorra, Ponferrada, Zaragoza, Alicante, Santander... Horas y horas de carretera, gastos en comidas y alojamientos, tiempos hurtados a familia, vacaciones, amigos... para aprender, sí, y también para que se hable de León allí, para que todos conozcan esas cofradías y esa junta mayor capitaneadas por jefecillos de vara y lustre a los que nada importa que nuestra Semana Santa no esté oficialmente representada en estos foros. ¿Para qué aprender? -se preguntarán esos próceres de mentalidad tan picuda como sus capirotes-. Si ya lo sé todo -se autocomplacerán como Quijotes de monólogos ambientados en su ficticia realidad-.

   Es difícil explicar a Emilio, a Josep Ignasi, a César, a Félix, a Pedro, a Loles, a Alberto... que nuestras ideas -que también son las suyas- en León son herejía de hoguera y condena eterna. Es difícil hacerles entender -en realidad, nunca lo comprenderán- que lo normal en sus ciudades (implicación; obras asistenciales; elección democrática, conocimientos y experiencia de mandatarios; calidad de publicaciones; iniciativas novedosas...) en León es una desesperante predicación en el desierto de las ideas. Aquí, incluso, nos permitimos el lujo de prenderle fuego a cuantos oasis encontramos a nuestro paso.

   Pero no nos inquietemos, no. Para qué preocuparnos por nuestra Semana Santa, por nuestras Cofradías, nuestro Museo, nuestra imagen más allá de Arcahueja, La Virgen del Camino, Onzonilla o Villaquilambre. Para qué perder el tiempo con ilusiones realizables, en teoría que puede ser llevada a la práctica, si sabemos que las riendas están en las manos que el pueblo quiere. Mala cosa tener un poco de inteligencia y, además, pretender aprovecharla. Malo, muy malo, un amor -como siempre- no correspondido.


Lectura del Acta anterior