Flores para el recuerdo

«La memoria es el perfume del alma»
George Sand

   Noviembre es mes de onomásticas y difuntos. De una forma u otra, todos nos acercamos hasta esa lápida bajo la que descansa nuestro pasado, depositando sobre ella un imaginario ramo de crisantemos. También noviembre es alfombra de flores amarillas que anuncian el paso del tiempo, que derrotan el ánimo de nostálgicos y soñadores; es momento de hacer balance, no tanto por la cercana conclusión del año, sino porque transitoriamente recuperamos la conciencia -en tantas ocasiones arrinconada- de nuestra ineludible condición de mortales con fecha de caducidad. Cruces de piedra o mármol, estantes hormigonados, losas graníticas y puñados de frías letras metálicas son simplemente pretextos que tratan de prolongar unas vidas que deben continuar en la memoria y en los corazones que dejan tras de sí. Somos sombras. Nada más.

   Y es noviembre, el de heladas propias de un otoño invernal, el que dedicamos -aunque sea sólo durante unos minutos- al recuerdo en forma de flor o de sencilla evocación de los que ya no están, cuando tejemos en silencio la nómina de la ausencia, la interminable lista de papones a quienes debemos nuestra Semana Santa. Cientos, miles de leoneses -de nacencia o sentimiento, lo mismo da- que se esforzaron en trabajar por esta celebración a la que ahora aportamos un nuevo eslabón en la inquebrantable cadena histórica, tratantado por todos los medios de que no sea ni el último ni el definitivo.

   Afanados como están en otros ámbitos en recuperar la memoria perdida y dañada, en devolver el merecido recuerdo a aquellos que el tiempo se lo negó, bien podríamos homenajear a las generaciones pasadas, presentes e incluso venideras -me reflejo en Pasolini- que con amor y dedicación forjaron la trastienda de nuestras cofradías en periodos nada parecidos al que ahora vivimos. Igualmente, justo sería reconocer a esos de quienes nunca supimos ni sabremos, pero con los que estamos en deuda. Millones de vivencias, de anécdotas personales -lo he escrito recientemente- componen el camino que nuestra Semana Santa ha recorrido para ser lo que, para bien o para mal, hoy es.

   No procede citar aquí nombres y apellidos que permanecen indelebles, sin sucumbir -por ahora- a la constante amenaza del olvido. Para que eso jamás suceda, para que, cuantos sacrificaron parte de sus vidas en favor nuestro y de quienes nos han de suceder, tengan imperecedera presencia en la historia, debe rescatarse y erigirse el Monumento al Papón.

   Ahora que se cumple un lustro de su proyección formal y figurativa, caída -como tantas otras- en el saco roto de las iniciativas de la Junta Mayor, me permito llamar a las conciencias -tantas veces dormidas- de las jerarquías abaciales para que se retome una legítima aspiración que deberían costear las dieciséis penitenciales. Lo propio sería dedicar la calderilla con que las despacha el Consistorio -sesenta mil euros- para cumplir con los fines reglamentarios del ente agrupacional y, lo que todavía es más importante, para saldar un viejo compromiso con los que nos antecedieron, es decir, con nosotros mismos.


Lectura del Acta anterior