«Algunos hombres ven las cosas como son y dicen: “¿Por qué?”.
Yo sueño cosas que nunca fueron y digo: “¿Por qué no?”»
Robert Kennedy
El Museo de Semana Santa ha sido –es, mientras no sea una realidad– asunto de intermitente presencia en tránsitos electorales y en el ánimo de algunos papones soñadores durante, al menos, el último medio siglo. Probablemente, si el proyecto hubiese cristalizado cuando se gestó por primera vez, estaríamos hablando del más antiguo de la Semana Santa española. Sólo Zamora, cuya aspiración surgió a la par que en León, se hallaría en liza por ese decanato. Sin embargo, el de la capital del Duero cumplió ¡cuarenta años! en el pasado mes de septiembre, mientras que el leonés continúa siendo un bumerán entre el Ayuntamiento y las Cofradías.
Sería complejo, al tiempo que pretencioso, juzgar las fallidas iniciativas de estas cinco últimas décadas en pos del Museo de Semana Santa. Sí me atrevo, en cambio, a reflexionar sobre las causas que pueden dar al traste con la presente: la rehabilitación del Palacio del Conde de Luna para este fin.
Desde mi posición de observador que intenta conocer el trasfondo de medidas y decisiones, considero que no existe un criterio ni un pensamiento común de lo que representa nuestra celebración pasional, mientras se continúa ignorando –esto sí, igual que hace cuarenta años– qué se busca y qué se pretende. O lo que es lo mismo: no hay nadie dispuesto a explicar al Consistorio por qué las imágenes que están al culto no pueden abandonar sus templos; a concretar el importante número de imágenes de indudable valor que se encuentran disgregadas por naves, locales o cobertizos y que, en el Museo, estarían como en ninguna otra parte... y así un prolongado etcétera.
Luego viene lo más difícil. ¿Qué queremos que sea el Museo? Puede que muchos ni tan siquiera se hayan detenido a pensarlo. En mi opinión, dadas las singulares características de nuestra Semana Santa, lo ideal sería un edificio donde también pudiesen montarse los pasos y salir aquellas procesiones que, en la actualidad, carecen de semejante infraestructura. Los ejemplos de Zamora, Bilbao y la Vega Baja alicantina me parecen acertados para la idiosincrasia leonesa. En esta línea, una de las posibilidades barajada hace ya algunos años, proponía el Mercado del Conde como Museo y el Palacio como sede administrativa de la Junta Mayor y centro social y cultural para las Cofradías. No niego que, a mi juicio, hubiera sido una opción inmejorable, más aún cuando se multiplican las congregaciones y colectivos afines que tratan de paliar ese déficit con iniciativas particulares.
Otra cuestión importante, visto lo visto, es si merece la pena exponer los tronos. Estando donde están la mayoría –exiliados entre mujidos y silentes telarañas– parece bastante elocuente que, o poco importa el patrimonio, o éste es poco importante. Quizá ambas cosas pero, lo más evidente, es que el Palacio del Conde de Luna no podrá albergar las imágenes sobre sus andas –de valor o sin él– dada la, al parecer, invariable disposición renacentista del monumento. Siendo, además, la única alternativa sobre la mesa (a no ser que se le echen ganas e imaginación) lo más rentable y lógico pasa por ofrecer una necesaria argumentación, eso sí, nunca desde la torre de Babel de los dieciséis, sino por alguien que barra para todos y para nadie. No debe olvidarse que, una vez más, lo que está en juego no es el prestigio de una o varias penitenciales con mayor o menor número de hermanos, sino el nombre y el beneficio de la ciudad, incluso de aquellos a los que poco o nada importan nuestros habituales devaneos cofrades.
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