Herejía

«Estuve tan ocupado escribiendo la crítica
que nunca pude sentarme a leer el libro»
Groucho Marx

   Los hay que parecen añorar los tiempos de "Cuéntame", aunque no precisamente por los discos de vinilo, los guateques o el 600. Entre nosotros, habitan nostálgicos de aquel ambiente de conversión de ideales, sin opciones, de pensamiento monotemático, donde -como se dice coloquialmente- el que se movía no salía en la foto o, incluso, desaparecía de ella. Los hay, siguen campando a sus anchas, quienes no soportan opiniones, ideas y comentarios que sean contrarias y diferentes a las suyas.

   En esta Semana Santa de esperanzas desgastadas, de ilusiones y sueños frustrados, continúan en activo los sucesores de Torquemada que -acordes con la época- han evolucionado el potro y la garrocha en denuncias e insultos, pataletas y dedos acusadores. Todo ello, por supuesto, envuelto en la aparente fraternidad que propugnan, abiertamente hipócrita y farisaica.

   El Santo Oficio de las cofradías, que hoy viste traje y corbata, insignia de oro y vara de mando, no acepta contradicciones de ningún tipo. Para él, no existen derechos y libertades. Su parecer es el único, el infalible. El resto, lo demás, son críticas y conspiraciones y tramas urdidas por mentes maquiavélicas que sólo pretenden desestabilizar su poder, su impecable gestión al frente de la congregación. No, el error no existe. Al menos, no para él.

   Mientras tanto, la comunidad papona se encoge de hombros y mira hacia otro lado o esconde la cabeza cual avestruz. Quizá no nos apetezca descubrir y reconocer la realidad, pero -como diría Machado- ésta es la que es. Cada día que pasa, se hace más urgente una reflexión y un debate serio del rumbo que ha tomado nuestra Semana Mayor. Y en él deben entrar todo tipo de opiniones, criterios y puntos de vista. Pero, los que muchos han encumbrado como ídolos de las cofradías, tratarán de evitarlo por todos los medios, con el rodillo de su particular libertad de expresión: que sólo se escuche su voz.

   Mis palabras son de nuevo lluvia sobre mojado, lo sé. Va siendo hora de pensar por sí mismo cada uno, en la soledad de sentimientos e ideales. Si continuamos rodeados por tanto lobo con piel de cordero; si no logramos aprender a vivir en la pluralidad; si preferimos divinizar los cargos de abades y seises y continuar persiguiendo a quienes se oponen a las decisiones tomadas por unos pocos, a espaldas de la participación y la democracia... la Semana Santa de León no tardará en fundirse con el Carnaval, perdiendo siglos de desvelos, sacrificio e identidad.

   Afortunadamente, siempre existirán Galileos dispuestos a demostrar sus teorías, tal vez críticas, pero que deben ser escuchadas. La mezcla de estilos, no sólo artísticos, sino personales, de modos, gustos y formas ha dado a nuestra celebración sacra su cuerpo actual. Lo mismo ha de suceder con sugerencias, enmiendas y razonamientos. Condenando a la hoguera a las víctimas de esta nueva Inquisición, únicamente lograremos hacer cenizas las pretensiones de unos sambenitos cuyo delito es amar con profundidad y sin pliegues la Semana Santa.

   Estos días en que deseamos felicidad artificial y enlatada al prójimo, recapacitemos a dónde vamos y qué queremos para las generaciones venideras. No repitamos cíclicamente errores históricos de los que, según parece, no estamos dispuestos a aprender. Tampoco cerremos las ventanas a los aires renovadores que despierta cada época, abriendo la puerta al sentido común, a la humildad, a la mesura. Basta ya de tanto feudalismo y vasallaje, de anatemas y galeras, de linotipias secuestradas y juicios sumarios. Basta de demonizar al que opina diferente, al que critica desde el respeto y la coherencia, al que aporta proyectos amparados en la sensatez. Como nos dijo el Señor, quien tenga oídos para oír, que oiga y mente para entender que entienda.


Lectura del Acta anterior