«La función de la juventud en cualquier época es
representar el siguiente paso de la civilización» Anónimo
Esta carta siempre estuvo escrita. Ahora quiere volar como el águila que te simboliza para mezclarse con el viento y las nubes. En libertad. Porque tú, que fuiste el primero en reconocerle en el Tiberiades, que consolaste a María a los pies de la Cruz, que te recostaste sobre Su pecho, que te convertiste en el predilecto, comprendes como nadie nuestras inquietudes y nuestro desasosiego. La juventud que tú, Juan, encarnas, continúa buscando lugar en esta sociedad que le ha tocado vivir. Debe tener experiencia, aunque no tenga ocasión alguna de adquirirla; ha de ser la más y mejor, sin oportunidades para demostrarlo; es apartada y ninguneada con etiquetas insultantes y grabadas a fuego: «demasiado joven».
Y aquí tampoco, Zebedeo. En esta Semana Santa que se apoya sobre la juventud, convertida en sus pies y sus muletas, los jóvenes, en cambio, no están -dicen- capacitados para decidir el destino que más pronto que tarde se debe afrontar. Muchos estatutos así lo mantienen y aprueban, con el consentimiento del rebaño. Resulta curioso y sorprendente en un país donde la mayoría de edad (y, con ella, la asunción de responsabilidades) se ha rebajado progresivamente hasta llegar a la actual. ¿Qué interés pueden tener entonces si no se les deja participar?
Se habla, se reitera sobre una generación desorientada, tildada de todo menos de lo que en realidad la define y que -simulando la letra con que se le bautiza- tiene cruzadas las barreras del progreso, esas que aparentemente quedaron abiertas hace más de un cuarto de siglo. Es peligroso, Juan, que quienes no han llegado a la treintena de edad queden fuera de esta sucesión natural que -como en todo- ha de llegar también a la Semana Santa. Si se les puentea, es posible que algunas cofradías vean gravemente afectada su continuidad. Ellas verán.
No pretendo ser alarmista, lo sabes, pero algo está fallando en el espíritu, en la esencia. Cierto es que las nóminas de túnicas y capirotes están ampliamente nutridas de niños y jóvenes. Pero si las juntas y sus decisiones les siguen manteniendo al margen, la deuda -eso es seguro- la pagará nuestra celebración sacra. Algo ha de cambiar de inmediato si deseamos hallar una solución. Dejarlo tal como está, es resignarnos al callejón sin salida.
Hermandad, sí, pero sin los hermanos; participación, sí, pero en la cuota y en la procesión; acción social, sí, pero de galería y decorado... esa es la fiebre que parece consumir los cimientos de nuestras congregaciones. Por si fuera poco, la realidad cambiante que nos rodea, cada vez menos receptiva a esta religiosa tradición, amenaza su supervivencia. El día menos pensado, las procesiones quedarán abolidas para «no herir» los sentimientos de otras creencias o confesiones.
Quizá, Juan, esté equivocado. Acaso tengan razón los que abogan por cofradías sin democratizar, donde el poder que unos pocos detentan es la apisonadora del interés común, donde la juventud sólo sirve para remar en la bodega, donde el timón se lo disputan viejos bucaneros del pedigrí, donde lo importante es la cantidad de procesiones, de pasos, de braceros, donde el sentido común se arría por la bandera de las tibias cruzadas. Puede que Semana Santa sea un simple impulso ocioso de embutirse en una tela, airear santos, beber limonadas, abrazarse ante el fotógrafo y despedirse hasta el próximo año. Tal vez ése es el auténtico significado de la Pasión y algunos no hemos querido entenderlo. Por eso, seguimos defendiendo machaconamente nuestros ideales.
Espero que tú, hermano Juan, desde el patronazgo que representas, seas capaz de devolvernos la cordura, de enseñarnos a retornar la mirada hacia el pesebre del que acaba de nacer, olvidando tanta luz parpadeante que no hace sino cegar aún más esa proverbial miopía del género humano.
Y yo, mi querido Zebedeo, tan sólo deseo volver a ser aquel niño que -sentado en el bordillo de Santa Cruz- atrapaba con sus ojos ensimismados cada detalle de la procesión que se elevaba ante él; aquel pequeño que -aún sin saberlo- ya intuía que su vida formaría parte del mundo que pasaba junto a sus pies, que -de una forma u otra- estaría, para siempre, unido a la Semana Santa.
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