«Los grandes hombres son los infelices de la humanidad»
Friedrich Hebbel
Por supuesto que nadie es imprescindible. Y menos en nuestras cofradías, que estuvieron antes y continuarán después. Aún así, hay nombres y apellidos -conocidos y anónimos- que han sido o son los esqueletos que mantienen en pie nuestra Semana Santa. Son tramoyistas de esa obra que, en demasiadas ocasiones, representan los actores de la gran hoguera de las vanidades en que se ha convertido el entramado cofrade de la ciudad.
Por lo que parece, unos nacieron para salir en la foto y recibir felicitaciones y otros se dejan media vida en la cofradía, prolongación de su existencia, a cambio de olvidos y sinsabores. Para los primeros, la historia que se escribe cada mañana les reserva un lugar en el recuerdo. Las generaciones venideras tal vez se asombren de lo que firmó tal o cual abad, desconociendo lo que realmente ocurrió en la trastienda semanasantera. Los segundos, por el contrario, pasarán inadvertidos el día de la procesión entre un mar de túnicas. Nadie reparará en su presencia, aunque tampoco ellos desearán que la atención se desvíe de los Protagonistas de ese momento.
El panorama leonés no da más de sí. Se diluye entre figuras que, aun siendo sombras, soportan el peso efectivo e ideológico de las hermandades. Sobre ellas, a la luz de los flashes, se encaraman figurines de postín con puestos deslumbrantes y economías desahogadas y, por último, figurones expertos en hipnotizar al común como verdaderos encantadores de serpientes.
Los esqueletos son la piedra angular de nuestra Semana Santa. Tan pronto asisten a una reunión con la autoridad de turno como se embadurnan bajo el paso. Pueden ser seises, montadores, abades, componentes de una banda o, símplemente, papones del día a día. Sin ellos, nada sería igual. Por contra, sobran los que sólo tienen razón de existir aferrados a una vara; también aquellos que nada quieren de su cofradía salvo un saluda en el buzón, una almohadilla determinada y un buen ramo de flores como efímero recuerdo de la puja. No se concibe que quienes nada aportan a la vida de hermandad se atrevan a decidir el futuro de ésta. Tampoco resulta ético ni admisible que las juntas generales -esas que dicen son soberanas- sean testigos impasibles para refrendar éste o aquel proyecto, sea de la envergadura y trascendencia que sea, consultadas casi siempre cuando no hay posibilidad alguna de dar marcha atrás.
En este primer raseo de 2005 hubiera preferido compartir mis buenas intenciones y deseos para el recién estrenado año. Sólo puedo, sin embargo, reflexionar acerca de lo que considero se avecina. La Junta Mayor no sirve ya ni para hacer reuniones -entre otras cosas, por ejemplo, aún no ha sido capaz de nombrar pregonero-; el Ayuntamiento olvida que el Museo es una necesidad acuciante y una obligación moral, no una apuesta; las cofradías siguen demostrando su pérdida de rumbo con propuestas que únicamente engordan un programa saturado donde la cantidad crece a expensas de la calidad... Mientras, en el patio de butacas, los espectadores viven ajenos al porvenir de una Semana Santa que ha devaluado su propia pasividad.
Todos conocemos nombres y apellidos que hicieron y hacen que sus corporaciones sean lo que son. Los esqueletos son imprescindibles para la continuidad de la celebración. Lástima que muchos desistan de su empeño y abandonen, hartos de tanta zancadilla, cansados de ver cómo la envidia y la ignorancia aplastan una y otra vez sus propuestas. Sin duda, su marcha, la falta de su aliento y esfuerzo, diagnostican que algo ocurre en el seno de nuestra Semana Mayor. Y cuando este particular sarcoma haya destruido por completo el soporte vital de las cofradías, no quedarán más que las fotos en los periódicos, las palmadas en la espalda y un triste y nefasto que sea enhorabuena.
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