«El que lleva su farol a la espalda,
no echa delante más que su sombra»
Rabindranath Tagore
Como si de una premonición se tratara, la Cuaresma se inicia con el pórtico de un Miércoles en que nos convertimos para creer en el Evangelio. Las cenizas de las palmas dominicales de hace un año, sellando nuestra frente, nos recuerdan lo que somos y en lo que, inevitablemente, algún día nos transformaremos. También nos marcan –cerrando ese círculo imperecedero– el camino hasta un nuevo Domingo de Ramos que desembocará en la Pascua Resucitadora que, más allá del Misterio de la Cruz, es el verdero fin y objetivo de la vida cristiana.
Sea como fuere, han regresado –o lo hacen tímidamente– los días de nervios y prisas, de completar detalles que no han podido –o querido– solventarse en los meses anteriores. A veces, a uno le da por pensar por qué si la Semana Santa tiene unas fechas, aunque variables, suficientemente conocidas (por poner un ejemplo, el 22 de abril de 2011 será Viernes Santo) tanto semeja al dicho que asevera que tan sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Aquí, el aviso de que los días santos se aproximan suele venir de la mano de los ensayos de las bandas y de esos carteles que pretenden ambientar una ciudad que se resiste a celebrar las vísperas como debe... o, cuando menos, como se hacía. Ahora ni la Junta Mayor ni las cofradías invierten tiempo y esfuerzo en actividades culturales o divulgativas continuando las que hemos tenido ocasión de disfrutar en años precedentes. Bastante tienen con organizar sus respectivas procesiones y decidir cual es el sexo de los ángeles.
Por otra parte, casi todas las iniciativas que nacen al margen de la oficialidad cofrade leonesa parecen querer centrarse exclusivamente en la organización de conciertos y certámenes. No es extraño, pues el que más y el que menos, sabe lo sencillo que es contactar con un puñado de bandas, disponer un escenario y convocar una muestra musical. Todos sabemos el público que arrastra este tipo de actos. Lleno garantizado. Aún así, es encomiable que haya entidades privadas dispuestas a cubrir la eludida obligación municipal de fomentar y difundir nuestra celebración pasional.
Sin embargo, lo costoso es invertir el tiempo en cuestiones de índole cultural, de carácter formativo o de ánalisis, tan necesarias como escasas. Lástima que el común no sepa reconocer este tipo de esfuerzos, del mismo modo que las horas de trabajo contenidas en revistas y otro tipo de publicaciones que ven la luz en estos días y que –pese a su extensa e, incluso, envidiable tirada– no tardarán en engrosar los fondos del Proyecto “URRACA”. La gran mayoría de ellas, ni tan siquiera gozarán de esta finalidad y, con suerte, quizá formen parte del papel sobre el que se impriman las de dentro de unos años.
Y, si esto sucede en los prolegómenos, nada que envidiar tiene la propia Semana Santa. La que se acerca, como ya es tradición, nos traerá un buen racimo de novedades, entre las que destaca una nueva procesión en la calle –que, cuando menos, tiene el derecho a no ser juzgada hasta la tarde del Domingo de Ramos–, el estreno de un paso y medio –el otro previsto, según parece, faltará a la cita de los fuegos artificiales cincuentenarios–, un pregón equino –de discutibles organización y originalidad– y hasta una posible corrida de toros que nos devolvería a los mejores días del Barroco, cuando las cofradías tenían perdido por completo su Norte.
Bien están, no lo niego ni lo dudo, los estrenos y los cambios, aunque muchos de ellos parezcan indicar un cierto temor a mimetizar el cortejo del pasado año, con la posibilidad de ser equivocadamente tildado de obsoleto. Tiene también una doble lectura, emparentada con el afán del hermano de vara por pasar a los anales de su cofradía como «el que hizo», en vez de ser «el que mantuvo». Iniciativas como la que protagoniza una cofradía que, tras un año en la diáspora, regresa a la que ha sido su casa desde su fundación, suponen grandes detalles que pocos advierten y valoran pero que marcan la verdadera diferencia.
Puede que vaya siendo hora de mirar tras ese refulgente y enorme decorado del que cuelga el luminoso «Declarada de Interés Turístico Internacional» y que bien se parece a los utilizados para aquellos míticos westerns de hace medio siglo. También tras esta, nuestra fachada, escasean los apoyos, pues la gran mayoría prefiere posar delante para la foto, desapareciendo a la vez aquellos esqueletos sobre los que, hace no mucho, tuve ocasión de rasear.
Tal vez comenzar a tomar en serio las juntas generales y el fiel cumplimiento de los estatutos, tanto por parte de directivas como de hermanos; iniciar una profunda reflexión personal sobre qué se quiere y hasta dónde se está dispuesto a llegar o poner el timón en manos de quien demuestre estar capacitado para guiarlo, olvidándonos –aunque sea por una vez– de apellidos o relumbrones, sea un buen punto de partida para retomar ese camino en que sólo van quedando rescoldos, cenizas de lo que un día fue nuestra Semana Santa.
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