«Nuestros sueños son nuestra única vida real»
Federico Fellini
Lleva días intranquilo, quizá nervioso por esas tardes apacibles de aún no estrenada primavera que anticipan la Semana Santa. Ha llegado a casa a toda prisa, con lo justo para buscar la ropa adecuada para el gran momento. Revuelve el armario, se prueba una camisa, después una corbata. Se las quita. Busca otras. Tampoco le convencen. Se muestra agitado como un adolescente ante su primera cita, igual que si fuera un adulto a punto de reencontrarse con el amor de su juventud. Le parece que el tiempo pasa rápido, inexorable, como si las manecillas del reloj se saltaran minutos.
Ya está dispuesto, ante el espejo. Se peina y despeina. Es como si tratara de que todo fuese perfecto en ese instante, pero no lo consigue. Algunos mechones se rebelan como los recuerdos que –a borbotones– le fluyen del alma. Ve el reflejo de diez, quince... tal vez muchos más años atrás. Recuerda el aroma a brea aún caliente suavizando los parches de la plaza del Grano o de la cuesta de Carbajalas. Y en sus oídos vuelve a escuchar las campanas que le hacían correr escaleras abajo para ver la procesión desde su portal. Ahora cierra los ojos y ve a la Virgen en penumbra, bamboleante a lo lejos, y se sonríe al pensar que algún día tuvo miedo y era incapaz de acercarse a Ella.
Se persigna al salir de casa, como un torero abandonando la capilla en la tarde esperada, e instintivamente mira al cielo. Parece que, al menos hoy, no lloverá. Tal vez –si acaso– sobre sus mejillas, si finalmente no consigue retener esas lágrimas que tratan de asomar.
Pone rumbo a la Calle –ese día sólo hay una– con ritmo cansado. Parece estar agotado tras una Cuaresma de trajines, de idas y venidas y de mucho sueño por soñar y poco tiempo para dormir. Vuelve a verse niño en los que esperan sentados sobre alguno de los pocos bordillos que han sobrevivido a la inevitable modernización.
Mientras camina, se le eriza la piel rememorando tardes como esta, o colocando almohadillas y limpiando faroles o hablando de cofradías o procesionando por el pasillo de su antigua casa tras un pequeño trono de cartón. Repasa mentalmente los amigos que están y los que –de una forma u otra– se han ido, los que colgaron la túnica para siempre, e intenta no olvidar ningún nombre ni los momentos vividos con ellos. Se pregunta si, algún día, le sucederá lo mismo, si olvidará la senda que –cada año, tal día como hoy– le conduce hasta Herreros y un repeluco le pellizca el alma, como el desánimo que le invade en tantos momentos amargos.
Ha imaginado este instante y lo ha repetido cíclicamente en sus pensamientos. Lástima que, como sucede casi siempre, la realidad no se ajuste a los fotogramas que ha modelado en los últimos doce meses. Tampoco le incomoda eso. A la postre, muchos de nuestros recuerdos afloran en la memoria más próximos a lo que deseamos que a cuanto nos ocurre.
Ya está próximo al templo y escucha la primera marcha. No importa si está bien o mal interpretada, porque es la cruz alzada de una nueva Semana Santa. Ahora se cuestiona tantas preocupaciones por buscar la perfección y descubre que ésta sólo se puede encontar en los corazones. Busca en el bolso su cámara fotográfica, consciente de que jamás podrá congelar los sentimientos en una imagen, por bella que ésta pueda ser. El mejor album de fotos es, sin duda, la vivencia. Intenta, también, buscar palabras que describan lo inexplicable, lo que en tantas ocasiones ha perseguido simulando ser un cazador de mariposas, de sensaciones que pasan como el tiempo, que se escapan como el agua que atrapamos con el cuenco improvisado de nuestras manos.
Se acerca la hora. El mundo dejará de existir para él y todo se detendrá por instante a su alrededor. Su mirada se anuda al arco de piedras centenarias sobre el que se eleva el faro de amor que ilumina sus días. Y la tristeza se adelanta porque sabe que, la Semana Santa que está a punto de nacer, de alguna manera, ya ha comenzado a terminar. Después, todo será un hilván de añoranzas, emociones y experiencias, todo se desarrollará con inusitada rapidez, como parece querer transcurrir esta vida. Le conforta, eso sí, saber que, en la tarde misma de Resurrección, empezará a saborear unas nuevas vísperas que –quiera Dios que así sea– le devolverán nuevamente hasta ese mismo momento, repetido como un círculo imperecedero de la existencia que ni tan siquiera la muerte logrará romper.
Lleva largo rato intentando salir y, finalmente, lo consigue. Una lágrima asoma, empañando una visión digna del mejor de los sueños. Él se siente pequeño, diminuto, arracimado entre un coro de oraciones musitadas por labios de devociones escondidas. La fe y la certeza se han cumplido una vez más y él agradece lo recibido y pide, como cualquier otro, por los suyos y lo suyo. Y rompe a llorar como el niño que aún sigue siendo. Y ve como todo, al fin, parece cobrar sentido, como un puzzle reconstruído. Y se siente dichoso porque no hay plenitud como ésta, siquiera semejante, ni parecida. Porque el milagro anual se ha cumplido de nuevo. Y La Morenica, ya está en la calle.
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