| Llueve sobre mojado |
Ahora se siente vacío, como si le hubiesen despojado el alma de sentimientos. Igual de decepcionado que un niño al descubrir que sus padres son reyes y también magos. Ha intentado poner orden en sus ideas y pareceres pero hoy, más de dos meses después, aún no lo ha conseguido. El tiempo, eso sí, ha logrado borrar parte de los recuerdos más amargos, algunas de las certezas más firmemente constatadas y éste, su primer raseo tras el Desastre, al menos no será -como todo apuntaba en un principio- un bocadillo de cómic atestado de rayos, calaveras y símbolos que expresan desagrado... llueve otra vez, llueve sobre mojado... Algunos todavía conservan esa pizca de ingenuidad que les lleva a creer, cuando ven por enésima vez una de sus películas predilectas, que en esa ocasión no triunfará el malo, ni morirá el bueno. Pero llega el final y sucede lo que habían temido: la historia se repite. Eso mismo sucedió la pasada Semana Santa. Era irracional, un imposible. Podía mejorar algo, al menos un mínimo detalle, un guiño de cara a la galería... Pero esa Ley de Murphy, inquebrantable en nuestras cofradías, quiso que no todo pero sí la mayoría fuera a peor. La lluvia puso de manifiesto un año más la falta de previsión y, lo que todavía es más lamentable, una completa ausencia de sensibilidad hacia nuestro patrimonio, tanto el material, como el intangible; el artístico como el histórico; el religioso como el simbólico. Llueve sobre mojado como lo hizo aquel Lunes Negro en que las tres cofradías centenarias dieron una lamentable lección de cómo no deben hacerse las cosas. Imágenes, tronos y enseres empapados, carreras y cortes en un atropellado regreso a Santa Nonia donde todavía algunos decidieron desafiar a los elementos. Y después un «aquí no ha pasado nada» con ovación de los palmeros -perdón, hermanos- y un «que sea enhorabuena» que suena a insulto contra la inteligencia, a burla de tanto esfuerzo de antepasado. ¿Habrán podido conciliar el sueño los responsables de semejante barbaridad? ¿Y los que nunca pedirán explicaciones? ¿Se mojaron quizá las conciencias de ambos, tan farisaicas, pero maquilladas de apariencia? Llueven sobre mojado estas palabras como lo hacía nuevamente en la mañana de un Viernes Santo de segundo aviso. Y es que, visto lo visto en foros y juntas generales, aquí a la mayoría todo le trae sin cuidado, eso sí, mientras pueda pujar en su lugar «de toda la vida» y nadie le quite ese puñado de flores al que tiene echado el ojo desde antes de la procesión. Somos como los peces. Olvidamos con asombrosa rapidez los desmanes que se siguen consintiendo en nuestra Semana Mayor, haciendo de ésta una consumición más en nuestra acelerada vida. Devoramos procesiones y pasos y túnicas y papones como si todo ello fuera de usar y tirar, otra fiebre del momento. Así estamos convirtiendo la Semana Santa en un Carnaval, tal vez con el propósito de alcanzar las desorbitadas subvenciones municipales a esa fiesta tan artificial. Llueve sobre mojado, pero el inoportuno aguacero no ha sido el culpable de tanta desgracia. Vivimos en una sociedad que comienza a no mirar con buenos ojos el hecho religioso, por muy tradicional que éste pueda ser. Además, hemos permitido que las cofradías se hayan cebado de oportunistas, jefecillos, dictadores de andar por casa y, sobre todo, -eso es lo peor- de ignorantes. Estamos en manos de oscuros personajes que no quieren saber nada de la Semana Santa más allá de los preceptivos diez días y sus prolegómenos, pero que se permiten la osadía de decidir el futuro de una celebración que -lo demuestran repetidamente con sus acciones- no les importa y ni tan siquiera conocen sucintamente. Nada sigue igual. Ha llovido sobre mojado y hemos -esperemos- tocado fondo. El horizonte se ha tornado aún más plomizo, como los nubarrones que descargaron advertencias durante gran parte de la última Semana Santa. Tal vez tenga razón Paponio y, por mucho que algunos nos empeñemos, las procesiones deban de salir con lluvia y los pasos con almohadillas vacías, quizá las cofradías no han de ser nunca mixtas ni democráticas y un buen número de imágenes, bandas, actos y enseres hayan de estar sumidos en la más denigrante cutrez. Tal vez Paponio, y los que como él entienden inmejorable nuestra celebración pasional, conforman un colegio cardenalicio infalible que ha dado fumata blanca a esta Semana Santa que -es mi opinión y tengo el derecho a expresarla- se muere convertida en espectáculo, semejando el largo adiós del anciano Wojtyla. Mientras -lo siento por Joseph- uno no puede por menos que sentirse como un proscrito de la denostada liberación, un defensor a ultranza de otro estilo de hermandades que -está bien claro- el pueblo no quiere. Lloverá sobre mojado de nuevo, sin duda, y quizá la ceguera se prolongue por muchos años. Mejor así, porque el despertar va a ser duro, aún más que la peor de las pesadillas. |