« La gran tragedia del mundo es que no cultiva la memoria
y, por tanto, olvida a los maestros» Martin Heidegger
No por repetido resulta menos cierto. La Semana Santa de León, como la ciudad que la sustenta, es desagradecida por naturaleza. Muchos ejemplos podrían ilustrar tal afirmación, alguno de ellos muy reciente, pero no considero elegante citar nombres y maneras, apellidos y actitudes, más aún cuando todos nos conocemos y sabemos de qué pie cojea cada uno.
En la trastienda de las cofradías y, por ende, de nuestra conmemoración pasional, algunos han dejado parte de sus vidas en esa Semana Santa pura y artesana, elaborada a partir de la constancia y del trabajo diario. Aquí no hay distinciones entre colores de túnica o antigüedades en carta de pago, aquí sólo hay amor y dedicación y entrega desde ese anonimato que encierran los rincones donde se escribe el futuro de unas procesiones que, desgraciadamente para la gran mayoría -de dentro y de fuera-, representan el único pulso del sentimiento penitencial urbano.
Ahora nos vendrán a la memoria personas que estuvieron ahí siempre. Unos se fueron un día sin decir adiós, cansados de tanta hipocresía y demasiada zancadilla envidiosa. Ninguno de ellos, de los que se fueron, ansiaba un protagonismo desmedido o un reconocimiento injusto. Pero es de bien nacidos cumplir con los semejantes y en esta Semana Santa parece que se prefiere pisar antes que tender la mano, mirar por encima del hombro en vez de a los ojos. Las listas del éxodo cofrade están repletas de gentes de buen corazón que se hartaron de recibir patadas de aquellos que critican cuando ni siquiera tienen derecho a hacerlo, pues carecen de la más mínima disposición para arrimar el hombro.
También hay otros que se fueron, o se irán -implacable ley de vida-. Son quienes tripularon -con vara o sin ella- este barco por los mares embravecidos de diferentes épocas y circunstancias, dejando a la Semana Mayor leonesa en el puerto de los años ochenta, que tanta calma y optimismo inyectó en las, por aquel entonces, maltrechas siete que -como magníficos - sobrevivieron a los «años heroicos». Con cierta resignación y mucha tristeza, van quedando en la cuneta, olvidados, como fieles compañeros abandonados a su suerte, los verdaderos responsables de que hasta nosotros haya llegado lo que tenemos y debiéramos conservar con el mismo tesón con que ellos lo hicieron.
Porque después, cuando acudan a la cita que todos -tarde o temprano- deberemos llegar, las esquelas y coronas, los diplomas y títulos póstumos y los homenajitos para mayor gloria de quien los da, no restituyen ni tan siquiera un ápice de la deuda moral que tenemos contraída con estos hacedores de Semana Santa en tiempos difíciles, auténticos enamorados de causas perdidas, como lo es mantener vivas las cofradías a las que dieron, probablemente, lo mejor de sí mismos.
Estamos en el camino equivocado. La intrahistoria pasional de esta ciudad, ingrata y cainita con los suyos, es la única que vertebra y da sentido a la celebración que despierta cada incipiente primavera. Todo lo demás es paja, humo que algunos venden a peso de oro, tratando -y consiguiendo- engañar al respetable. Los renglones torcidos de nuestra Semana Santa están escritos por los que se fueron, aquellos que se apartaron de la actividad colgando -o no- su hábito, aquellos personajes -públicos o anónimos- que hicieron de todo a cambio de nada. A los que se erigen en protagonistas de esta hoguera de vanidades que, a estas alturas, es sin solución nuestra trastienda penitencial, sólo les queda aprovechar los réditos de sus apellidos o disfrazar su desmedido egocentrismo entre fotos en blanco y negro o en papel couché. Tal vez quede para las generaciones venideras poco más que la desgastada y casi olvidada placa que vigila la Plaza Mayor pero, si aún hay alguien con un mínimo de sentido común, tratará de poner en su lugar a los que -de una forma u otra- se fueron, haciendo grande esta celebración, que no son los mismos que se han ido cuando, para ellos, se apagaron los destellos de los flashes o porque sus nombres dejaron de figurar en boletines y saludas.
Por mi parte, dejo aquí este reconocimiento sincero y escrito para todos -no es necesario poner nombres- los que se fueron por la puerta trasera de las cofradías, consciente de que la gratitud que algunos les profesamos, de alguna forma, llegará allá donde se encuentren. También para cuantos, afortunadamente, aún están entre nosotros. Vaya, para unos y otros, esta placa virtual pero imperecedera, tanto como resultan ser los despropósitos que, a menudo, surgen de las jerarquías de la capa y del capirote.
A CUANTOS, DE ALGUNA FORMA,
HAN SIDO IMPULSORES DE LAS
PROCESIONES DE SEMANA SANTA LEONESA
Los papones de la ciudad |
|