| Nos vemos en los Juzgados |
«Si la libertad significa algo, es el derecho
Acostumbrados como estábamos al halago sistemático, que tanto debilita, algunos -en cambio- han visto fortalecido su ego a costa de aplausos, palmadas en la espalda y mucho que sea enhorabuena. Son los mismos que ahora no admiten un comentario en contra, una opinión diferente a la suya, surgiendo así, sin pretenderlo, la siempre insana confrontación. En esta Semana Santa de nuestros pecados, nadie puede arrojar la piedra, pues todos hemos cometido errores -¿o hay quien todavía piensa lo contrario?- ya que, si equivocarse es de humanos y perdonar es propio de hermanos, ¿por qué no es preferible razonar a obcecarse en cualquier tema o cuestión? Jamás me he creído poseedor de la verdad. Estaría loco si así fuera. Nunca he pensado que todas mis ideas, reflexiones, opiniones, críticas... o como quiera que sean tildadas son las mejores y más ciertas y, por ello, deban ser llevadas a efecto. Sí me permito exigir, al menos, respeto para ellas, así como una cierta consideración, pues la negativa rotunda es de necios, de tontos o de ciegos (mentales, que no invidentes). Idénticas consideraciones podemos extraer del resto de artículos que, a duras penas, van viendo la luz -a excepción de nuestra común “Horqueta”- o de los ruegos y preguntas de esta web que, si bien no comparto en su forma -escudada en el anonimato-, han de ser aceptados siempre y cuando -creo que la inmensa mayoría estará de acuerdo- no insulten ni calumnien ningún aspecto de ninguna vida privada. ¿Es reprochable, por tanto, criticar decisiones públicas o airear cuestiones que afectan a los hermanos de una cofradía o a los propios leoneses? Por supuesto que no. Inmersos como estamos en un Estado democrático de derecho que propugna libertades tan fundamentales como la de expresión, resulta inadmisible que algunos próceres de nuestra Semana Santa, esos que únicamente se sustentan en la vara, no toleren las opiniones y las críticas cuando éstas les son contrarias. Con lógicos límites basados en el respeto mutuo, puedo hacer lo que me plazca en mi intimidad pero, desde el momento en que decido hacerlo a los ojos de todos, debo estar abierto a recibir comentarios a favor y en contra, siempre -insisto- que éstos no rayen aspectos personales en los que ninguno tenemos derecho a hurgar. Una vuelta de tuerca más: ¿por qué se ha llegado a esta situación? Porque sólo algunos nos atrevemos a decir abiertamente lo que pensamos, sin importarnos qué le parecerá al abad o seise de turno o si, con ello, perderemos opciones para ser llamados a integrar tal o cual junta de gobierno. Bien está, por tanto, abrir debate sobre tantos aspectos preocupantes de nuestra Semana Mayor y aún mejor es que se planteen diferentes enfoques y puntos de vista. Lo triste es que los foros en donde deben resolverse esos asuntos parezcan verdaderos cementerios en donde las pocas voces discordantes que se alzan no obtienen respaldo ni, lo que es peor, respuestas o alternativas por parte del común. La mayoría de los hermanos de las penitenciales leonesas hacen oídos sordos a cualquier propuesta que nazca fuera de las directivas. Y es que, a éstas, se les ha concedido una aureola de infalibilidad que para sí quisiera el Pontífice romano. Vivimos instalados en el no, en el conformismo de «bastante tengo con sacar mi paso» o «suficiente con tocar en mi banda». Flaco favor a unas cofradías que debieran ser exponentes de igualdad y pluralidad de pareceres y, sobre todo, de participación. Pero no es esto lo peor. Algunos, anclados en la más férrea dictadura de ideas, no consienten ser contradecidos. Las únicas críticas que permiten son las que ellos formulan. Parece como si sus actuaciones estuvieran revestidas de la más absoluta de las perfecciones. Los hay, incluso, que llegan a dogmatizar aupados a sus púlpitos mediáticos mientras la masa calla y obedece con un silencio propio de ovejas que son conducidas al sacrificio. Otros, en cambio, son capaces de ver todos los defectos ajenos, como si ninguno enturbiara su comportamiento. Su pataleo, sin duda, hace propia esa sentencia de Tácito que nos recuerda que «quien se enfada por las críticas, las tenía merecidas». Nuestra Semana Santa que, en aspectos y formas, tanto parecido guarda con una república bananera, se está empezando a convertir en el plató de un inmenso programa rosa, una tómbola en la que los personajes públicos sólo aceptan que se diga lo que a ellos interesa. En caso contrario, lo más sensato, lo que más se aproxima a su peculiar espíritu cristiano es interponer una demanda por daños y perjuicios o por vulnerar no sé qué honor. Mejor vernos en los Juzgados que dialogar buscando el consenso o que, simplemente, respetar los pareceres ajenos. Y es que, todavía hay a quien le gustaría que fuera delito afirmar que tal junta de gobierno es caciquil en el desempeño de sus funciones, o quien considera que se atenta contra la integridad de alguien que ocupa un puesto -a la sazón, fruto de la dedocracia- cuando se cuestiona su competencia y utilidad. También los hay, incluso, que piensan que debería estar penado hacer determinadas fotografías, como el típico famosete que tapa los objetivos con la palma de la mano y con muy malos modos. Últimamente, y reconozco estar repitiéndome, hemos perdido el Norte. Porque si todos callamos y consentimos y rendimos pleitesía -como hace la inmensa mayoría- estaremos abocados a terminar nuestros días en un lugar sin nombre, sin pasado ni futuro, una visión demasiado apocalíptica que puede convertirse en cruda realidad. Un axioma que no sólo podemos aplicar a la Semana Santa, sino a todos los aspectos imaginables de la sociedad y de la propia vida. No debemos seguir consintiendo atropellos hacia los derechos de los hermanos, ni ataques frontales contra los fines e intereses de las cofradías. Resulta intolerable el incumplimiento sistemático de normas y estatutos, como igual de sangrante es la pasividad que se demuestra desde Palacio, con inflexibles directrices para la creación de nuevas cofradías y bendiciones para la renovación de reglas de corte anticonstitucional y alejadas, incluso, del propio Derecho Canónico. Tenemos la obligación moral de plantar cara a aquellos que creen estar en posesión de la verdad, a los que han hecho de su cargo una credencial de relevancia social para la obtención de beneficios personales en vez de una actitud de servicio hacia los demás. El silencio en reuniones y juntas generales, el miedo a opinar diferente que el poder establecido, están dinamitando por completo una celebración que poco o nada parece la conmemoración que da sentido a nuestra vida cristiana. Ya lo advirtió el genial Carlos Herrera en su Pregón de la Semana Santa sevillana: debemos «redimensionar, volver a las proporciones lógicas», es decir, a los cauces de la normalidad. Porque está claro que éstos, los nuestros, evidentemente no lo son. |