A lo mío

« La vida es una larga lección de humildad»
James M. Barrie

 

    Lo he dicho y lo mantengo. Vivimos absortos en nuestros ombligos, incapaces de atisbar más allá de nuestras narices. Como Narciso, estamos sumidos en la más profunda vanidad, hipnotizados por el reflejo de nuestra propia imagen. Así nos va.

    Al pairo nos traen noticias y sucesos próximos, aconteceres que nos pasan de soslayo y que no consiguen que abramos un poco los ojos. ¡Benditos ciegos que, al menos, sueñan con ver! Lo mismo nos da que la pala arrase los Principia o que la Catedral y las murallas se caigan a pedazos, indiferencia nos causa un mundo que cambia a ritmo de vértigo, donde todo -incluso la propia vida- es cada vez más frágil y fugaz. Somos soledad y sombras. Nada más.

    Y, de la misma forma que ni tan siquiera tosemos ante las injusticias, ni replicamos las decisiones equivocadas del poder -sea éste del tipo que sea-, parece que también en la Semana Santa hacemos propio ese ejercicio cuasi onanista que define nuestros días y a nosotros mismos.

    La gran mayoría sólo mira a lo suyo , siente lo suyo , se preocupa por lo suyo. Para unos es su paso, el lugar que ocupan entre sus almohadillas, tal vez la imagen que pujan; para otros es su instrumento, su banda o el uniforme que visten; los hay con horizontes más amplios: su cofradía o cofradías, quizá, con suerte, la Semana Santa. Todos ellos tienen un mismo denominador común: piensan que ese suyo es lo único y más grande. También quien suscribe algún día lo creyó aunque, poco a poco, fue descubriendo que no era así. La Semana Santa, en esencia, es una celebración con idéntico sustrato al que el paso del tiempo ha añadido las más diversas historias, tradiciones, costumbres y puestas en escena. Es, por tanto, un completo error convencerse que lo mejor es lo propio, sobre todo cuando ese ombliguismo tan característico de los leoneses impide aprender de los demás y aceptar nuestras muchas carencias.

    Dicho de otro modo, si el conocimiento es piedra angular de la evolución de cualquier organismo vivo, ¿por qué no lo es en esta Semana Santa? O, más claro aún, ¿qué futuro tiene cualquiera que esté centrado en lo que él hace, sin atender cuanto sucede a su alrededor y rechazando influencias o inspiraciones externas?

    A las eminencias de nuestra Semana Mayor, no les vendría mal una cura de humildad en cualquier lugar de este país que celebra como pocos -no es soberbia- la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Porque no sólo se puede aprender de Sevilla, ese coco que algunos nombran como al mismísimo demonio y que -mal que les pese- es lo más cercano a la perfección en todos los aspectos posibles; de la más recóndita ciudad o pueblo se pueden extraer lecciones magistrales de cómo hacer Semana Santa.

    No se trata de que el Nazareno calce costaleros, aunque quienes se erigen en defensores de la pureza Le hayan colocado una canastilla trianera bajo Sus pies. Tampoco es cuestión de que tronos y enseres refuljan brillo y volutas, pese a que León sea posiblemente uno de los mejores clientes de Orovio de la Torre. Lo que no se debe es copiar sin sentido ni responsabilidad, sino con mesura y respeto.

    Y es que no me avergüenza reconocer que firmaría a ojos cerrados importar tantas buenas costumbres y creaciones. ¿O todavía hay quien quiere regresar a la Semana Santa monocolor, de parihuelas llevadas por ocho braceros a golpe de horqueta? Sí sería deseable, en cambio, recuperar el sentimiento y el tesón que movían a aquellos papones para sacar adelante unas cofradías que tan sólo hacían propia su humildad.

    Hoy, cuando la -casi siempre mal entendida- evolución ha terminado con decenas de tradiciones, es necesaria una reconversión más cercana a la cabeza que a los pies, aunque -y eso es lo esencial- pasando siempre por el corazón. Inevitable resulta fijarse en Zamora y en su imponente y envidiado Museo; en Salamanca, con un escenario conservado como pocos; en Cuenca, con la participación ciudadana hecha torrente nazareno; en Málaga y su celebración continuamente renovada, pero fiel a los orígenes y a sus hombres de trono o en Sevilla, verdadera práxis de lo que es la auténtica Semana Santa. ¿Acaso no se nos supone a su altura?

    Es inútil pretender que nuestra celebración pasional se mantenga como si el tiempo y los cambios no le afectasen. Absurdo es, igualmente, repudiar otras fuentes y no adecuar las influencias a nuestro sentir. ¿Es, entonces, una locura, una ilusión o, simplemente, una utopía pretender democracia en todas las cofradías, participación a raudales en sus actos, coherencia y racionalidad en decisiones y comportamientos e implicación de la sociedad en ellas? Tal vez sea una locura -lo escribí meses atrás- y esta ilusión haya de continuar siendo una utopía, no por ser irrealizable, sino porque sigue existiendo una inmensa mayoría que es incapaz de mover un solo músculo para cambiar el futuro que nos aguarda. Que unos pocos intenten contener la avalancha no es solución para el grave problema al que nos enfrentamos.

    La obligada transformación de nuestra Semana Mayor, con numerosas depuraciones, sustituciones y cambios de estilo, no puede ser encarada por una reducida minoría, del mismo modo que un pequeño dique es insuficiente para soportar una gran riada como esta. Las manos en los bolsos y la boca cerrada -lo mismo da que se abra en lugares o situaciones inadecuadas- son una cómoda postura para muchos. Por si fuera poco, las limitaciones de conocimiento de los prebostes cofrades -circunscrito a este ombligo urbano que habitamos- impiden siquiera barruntar cuanto de bueno existe al otro lado del Torío y del Bernesga y, lo que todavía es más lamentable, permiten la proliferación del plagio más burdo y trasnochado de cuanto llama su atención.

    Mientras sigamos así, instalados en la dejadez, en este conformismo barato, en el egoísta «yo a lo mío», continuaremos edificando -activa o pasivamente- una Semana Santa de todo a cien que en nada parece de interés turístico internacional. Un título que, en nosotros, resulta un insulto a la inteligencia y a la humildad, mientras ciudades como Cartagena, Jerez o Hellín -por citar sólo algunas- se quedan fuera de esta nómina que el politiqueo y las influencias han desvirtuado entre la falta de rigor y la ausencia de objetividad.

    Así termino. Es inevitable que un raseo más vista de luto por una celebración que podría ser grande pero que tropieza en los detalles más nimios... y también en los más sustanciales. Hasta la saciedad he reiterado lo que -a mi juicio- creo que se hace bien y mal, lo que podría cambiarse o eliminarse sin más, con un poco de voluntad. Y, por enésima vez, me siento derrotado -que no, al menos todavía, abatido- por las circunstancias de una ciudad que se idolatra a sí misma y por unos leoneses que, a buen seguro, serán recordados como los más pasotas de toda su historia.

Lectura del Acta anterior