| Humo |
«La política es el arte de engañar a los hombres»
Ciertamente el rol que nuestro Ayuntamiento desempeña en la celebración pasional bien podría ser motivo de estudio. Los diferentes equipos de gobierno, especialmente los del último cuarto de siglo, han mantenido una notable vinculación con la Semana Santa. Un compromiso que dio buenos frutos a caballo entre las décadas de los ochenta y los noventa con una Junta Mayor fortalecida en su dimensión aglutinadora de los intereses generales de las cofradías y del beneficio de la propia ciudad. La sede del Consistorio Viejo, el paso de «La Unción de Betania», la desaparecida «Semana de Música Sacra», el extinto «Concurso de dibujo y pintura infantil», la presencia en León del Longinos facundino y del Desenclavo astorgano, el II Congreso Nacional... conformaron una larga serie de logros e hitos tras los cuales estuvo un grupo más o menos cohesionado que hacía honor a su nombre -Junta- y una generosa colaboración económica que, en su mayor parte, procedía de las arcas municipales. Con el cese de cargos del ente agrupacional en 1992 -una, tal vez desproporcionada, actuación de Monseñor Vilaplana- y el nombramiento de una comisión gestora, fue el propio Ayuntamiento quien se encargó, a partir del año siguiente, de la convocatoria del también perdido concurso para la elección del cartel oficial, así como de la edición del programa de procesiones. Se iniciaba de esta forma, coincidiendo con el apogeo fundacional de un buen número de penitenciales, el interminable goteo de peticiones individuales al Consistorio. La ejecución de tronos -endosada a una no siempre dispuesta Escuela Taller- y los patrocinios diversos, resueltos en forma de favor del concejal de turno -fuera o no de su competencia- rompieron con la homogeneidad de criterio imperante hasta aquel entonces, un verdadero paso atrás en la política municipal relacionada con las cofradías. Fue en la Semana Santa de 1996, la primera de Mario Amilivia como alcalde de la ciudad, cuando se propuso el Palacio de los Condes de Luna como sede del Museo, una medida que permitiría matar dos pájaros de un tiro: cumplir la vieja aspiración de las congregaciones y restaurar el abandonado edificio, un Monumento Nacional -no lo olvidemos- al que la desidia y el paso del tiempo estaban -y, todavía, están- a punto de tirar abajo. Las hermandades acogieron con agrado la iniciativa, asistiendo como forzosos espectadores durante los años siguientes a la redacción de los diferentes planes técnicos -con arquitectos y contenidos impuestos desde el Ayuntamiento-, a la cesión del inmueble para ese uso, a la obtención de partidas presupuestarias para su financiación, a la licitación de las obras también con ese destino, a las preceptivas catas arqueológicas... Finalmente, han podido ver -sin sacarse las manos de los bolsillos- cómo se daba carpetazo al proyecto hace escasas semanas. Todo un rosario de promesas y olvidos que han servido para que, al cabo de esta década, aún nadie tuviera claro si las sagradas imágenes que ahora comparten techo con los mejores ejemplares de la ganadería leonesa, tendrían cabida en ese posible Museo. Pero éste no es el único humo vendido por nuestro alcalde, alguien que se enorgullece -él mismo nos lo recuerda a menudo- de ser papón y haber vestido una túnica. Tras la reconstitución de la Junta Profomento en 1997 y la parcial recuperación de su pulso con los actos conmemorativos del Cincuentenario, se inició -de la mano de Amilivia- un periodo de encubierto intervencionismo municipal en la Semana Santa. Prueba palpable de ello fue la creación, meses más tarde, del puesto de coordinador, un cargo inservible, sin funciones ni labor definida, pero con un sólido candidato -con nombres y apellidos- a ocuparlo. Desde ese momento, al aceptar aquella imposición del corregidor, inicialmente rechazada y ajena por completo a los intereses de las cofradías, éstas claudicaron sin levantar siquiera la voz, tal vez temerosas de ver cerrado el grifo de las subvenciones partidistas y arbitrarias al calor del que muchas de ellas habían crecido. De esta forma, se ponía punto y final a la ayuda económica a nuestra celebración pasional por parte del Ayuntamiento y se retomaba el carrusel de solicitudes particulares de gran parte de las congregaciones. Fue entonces cuando la Junta Mayor perdió casi por completo su funcionalidad, limitándose a sus obligaciones anuales, un cometido que ni siquiera ha sabido mantener, con un Pregón Oficial venido a menos y con un cartel y una guía de procesiones de escasa calidad. En un organigrama donde reglamentariamente no tiene cabida, la figura del coordinador sólo ha servido durante estos años para mantener el control municipal sobre los dieciséis, ofreciendo mientras tanto premios de consolación como las cochiqueras -apresuradamente rubricadas y prorrogadas para una década más por el socialista Francisco Fernández- del Mercado de Ganados, un emplazamiento que continúa ganando enteros como firme alternativa al Museo; también para que el alcalde de turno -poco importan aquí colores o signos- pueda corresponder favores y lealtades, sin importarle siquiera la opinión al respecto de la propia entidad agrupacional o si el señalado para el puesto posee realmente méritos y tiene algún conocimiento sobre la materia. Tras haber sido la primera Semana Santa que debería figurar en el “Guiness” con su meteórica ascensión por los distintos niveles de las declaraciones de interés turístico -otro caramelo con el que Amilivia se granjeó la simpatía de las cofradías, tras demasiados años de injusto ostracismo- podríamos continuar revalidando records con una Junta Mayor por la que ronda un coordinador, calzado como cargo de confianza del alcalde y que, por si fuera poco, es remunerado en evidente menoscabo de las subvenciones que recibía la Profomento de la administración local. Indudablemente, una auténtica suma de despropósitos la que vive este León nuestro donde las cofradías -y, en concreto, sus círculos de poder- son las únicas y verdaderas culpables de esta descarada intromisión municipal que no sólo no se ha rechazado sino que, además, fue bendecida en su día con la concesión del “Papón de Plata”. La mejor determinación que pueden tomar las dieciséis es romper estos vínculos de dependencia con el Ayuntamiento. Sólo así, con libertad de actuación y movimientos, se puede construir una Semana Santa auténtica. Por otra parte, el Consistorio no ha de ser quien encabece -pero sí apoye, con rotundidad y sin ambigüedades como lo ha hecho hasta ahora- la iniciativa de hacer realidad el Museo. Tampoco debe ser el encargado de sufragar parte de los gastos internos y de las obligaciones de las penitenciales. Son las propias congregaciones las que deben comenzar, de una vez por todas, a buscar financiación y, sobre todo, a tratar de definir lo que realmente quieren. En una ciudad que -en teoría- se vuelca con la celebración que arranca cada Viernes de Dolores, aparentemente no sería difícil implicar a empresarios, instituciones y otros colectivos, sin olvidar el siempre infravalorado potencial que suponen los hermanos y, por extensión, las cofradías. Sin embargo, se sigue sin abrir la boca, permitiendo que el Ayuntamiento y su alcalde nos vendan humo con el Museo -que ahora, dice, será un edificio de nueva planta-, humo también con el inmerecido interés internacional que tan sólo beneficia algo a los hosteleros y que ni tan siquiera es capaz de aprovechar la Concejalía de Turismo correspondiente -ya sea rosa o gaviota , lo mismo da- y humo igualmente con el desmedido empeño que asegura tener nuestro corregidor en mejorar la celebración, cada vez que le aúpan a la tribuna de cualquier acto cofrade. No conviene seguir apoyando a alguien que miente y engaña repetidamente, ni tampoco a ninguno de sus adláteres. El futuro de la Semana Mayor y de las cofradías y hermandades no debe decidirse en ningún despacho oficial ni estar incluido en manidos programas electorales. La Semana Santa -va siendo hora de convencernos- es del pueblo y de quienes anónimamente la hacen posible; porque -es oportuno recordarlo- no es una celebración de corbatas e insignias de oro, sino una conmemoración de fe sincera y pies desnudos. |