Hoy, tampoco

« Hoy es siempre todavía»
Antonio Machado

 

    Reconozco que no albergaba grandes esperanzas. Aun así, cuando hace trescientos sesenta y cinco días brindaba por el año que nos disponíamos a estrenar -tal y como hoy lo haremos por 2006- la habitual engañifa del espumoso y las doce uvas me hacía soñar con cambios -grandes o pequeños-, con reestructuraciones -a fondo o epidérmicas- y con mejores -siempre mejores- tiempos para una Semana Santa que, a la vuelta de este año, continúa hundida en su particular estado de coma.

    Ciertamente, poco se puede esperar ya de una celebración cuya incardinación sentimental en la sociedad leonesa -si es que alguna vez existió- sigue cayendo en picado, con un sentido y unas señas de identidad perdidas y una brújula que hace tiempo que no señala el norte. Pasa, con más penas que glorias, este 2005 que -si en la localidad alicantina de Crevillente ha sido «año del Museo»- aquí será recordado -aunque sólo por unos pocos, los mismos pocos- como todo lo contrario. Cerca de dos meses después del anuncio municipal de que el Palacio de los Condes de Luna no acogerá el centro expositor, las cofradías -reunidas o por separado- continúan inmersas en ese silencio tan característico de quienes permiten y transigen injusticias y mentiras. Así nos va.

    La Junta Mayor -está demostrado- sigue sirviendo para más bien poco, pese a que ahora ponga en marcha una web y una publicación que se realizan no por necesidad acuciante -que la hay- ni por cumplir así sus fines y objetivos -como figura en su vigente reglamento-, sino para justificar una subvención, procedente de Valladolid y su ente autonómico, destinada a premiar la internacionalidad de cuatro Semanas Santas de la comunidad.

    Este ejercicio, al menos, se cierra con un cartel anunciador elegido en cónclave abacial, ahora que el veterano concurso se da por desaparecido, herido por unos y rematado por los otros y después de dos convocatorias de permitida imposición desde el Ayuntamiento. Pero, si nos referimos a los purpurados cofrades, debemos recalcar -aún pudiendo ser obstinados- el que debería haber sido epicentro mediático del año: la fumata negra del Museo, un episodio superado una vez más haciendo la vista gorda y con un mutismo que evidencia tratar de asegurar las cuadras del Mercado de Ganados, unas divisiones que -a día de hoy- continúan con goteras, suciedades varias y a tiro de piedra de cualquier desaprensivo que quiera convertir en ceniza buena parte -en cantidad, puesto que su calidad es bastante dudosa- de la Semana Santa de León. Sin embargo, parece haber fumata blanca para continuar la abultada nómina de pregoneros que poco o nada saben, conocen o están relacionados con la celebración pasional de la ciudad, por célebres que sean -nadie lo cuestiona- en otros ámbitos. Hace años que el Pregón Oficial está relegado a parecer una función de colegio en vez de aquello que realmente podría ser. En eso, como en tantas otras cuestiones -publicaciones, actos, representación y un largo etcétera- la Junta Mayor sigue dando pasos de cangrejo.

    Y continuando el balance al que tan propensos somos en Nochevieja, hurgaremos en la herida de las cofradías, con la única y sincera pretensión de que el enfermo cure y mejore, que se aleje todo lo posible del encefalograma plano al que parece estar abocado. Una nueva Semana Santa -la de 2005- pasada por agua, puso de manifiesto las carencias de algunas congregaciones cuya mayor y casi única aspiración es poner los pasos en la calle al precio que sea. Poco importa que el patrimonio -y éste, aún siendo primordiales, no sólo lo conforman las imágenes sagradas- sufra bajo las inclemencias meteorológicas, que sea necesario acortar el itinerario regresando atropelladamente entre desbandada de público y desorden de papones o que se anule la función catequética para la que fueron creadas las procesiones con plásticos que también aniquilan la estética de los cortejos. Los cinco días de lluvia -es decir, la mitad- de la última Semana Santa arrojaron un saldo de siete procesiones que se vieron afectadas en mayor o menor medida y cinco suspensiones por parte de otras tantas cofradías. Una decisión -esta última- que nos ofrece, al menos, un viso de esperanza, pensar que no todo está perdido.

    Sí lo está, en cambio, la estructura interna de muchas penitenciales, principalmente la de las llamadas históricas . Poco bueno se puede decir de un funcionamiento que se rige por estatutos redactados en plenas dictaduras de Primo de Rivera y Franco o -en el mejor de los casos- fruto del periodo democrático, aunque éste no haya influido en los contenidos de su articulado. La endogamia de muchas juntas de gobierno -incluso la de aquellas en donde el hermano cree elegir- es el principal círculo vicioso de nuestra Semana Mayor. Semeja a la aluminosis de un edificio, destruyendo unos cimientos que, en nuestro caso, son poco sólidos.

    Aunque la soberanía de las congregaciones reside -dicen- en las juntas generales de hermanos, la mayoritaria pasividad de éstos ha conseguido que las grandes y también las pequeñas -pero esenciales- decisiones se sigan tomando en los reductos de la vara, la capa y el capirote y no en las plazas públicas que tienen lugar durante el preludio cuaresmal. Una actitud incomprensible, además de poco transparente, pues casi todas las actuaciones obtienen el perjudicial que sea enhorabuena por descabelladas o innecesarias que puedan llegar a ser las propuestas; un mero trámite -no lo olvidemos- pues lo avanzado de las fechas no suele ofrecer posibilidades de dar marcha atrás. El nuevo despotismo -todo para la Cofradía pero sin la cofradía- permite al hermano pagar una cuota, recibir un saluda y una revista y salir en alguna que otra procesión, algo que, dicho sea de paso, colma las limitadas expectativas de millares de papones. ¿Para qué consultar, pedir su opinión al común, a la hora de efectuar cambios o incorporar novedades? Además, la masa, adocenada, casi siempre asiente sin rechistar siquiera. Después, aplaude y vocifera la sentencia de marras. Que sea enhorabuena.

    No nos engañemos. La Semana Santa sigue siendo la misma que hace ahora un año. Incluso algunos aspectos han virado hacia peores rumbos. Hoy tampoco parece ser el día en que todas las cofradías, sus juntas de gobierno y la elección de sus componentes vayan a ser al fin plurales y abiertas; utopías continúan siendo el Museo y un verdadero y demostrado interés municipal por la celebración; una quimera parece que los medios de comunicación se impliquen más allá de los días de rigor como que también lo hagan parte de los ciudadanos, sobre todo, los que visten túnica. Puede que no sea el momento para establecer balances negativos y hablar claramente de pesimismo pero, si seguimos refiriéndonos a cada Semana Santa como «la mejor de la historia» -y, lo que es peor, dejando hacerlo a quienes se proclaman entendidos-, caeremos en un optimismo ficticio y barato que nos catapultará sin remedio a unos días de celebración de algo que ni tan siquiera entronque con la tradición, pues ésta se habrá extraviado entre parrillas de aluminio cuadrado, pasos tuneados al gusto del estilista de turno y bandas de capillo ejecutando «La Dolorosa». Poco importará entonces si Quien camina sobre los hombros es el Hijo de Dios o cualquier famosete del universo televisivo; ya nadie se preguntará por qué se tomó un camino sin retorno.

    Hoy -lo siento- tampoco veo soluciones para la maraña de dificultades a la que nos enfrentamos. No por ceguera. Sí por realismo. En nuestra Semana Mayor sobran actitudes recias y dictatoriales, como están de más los personajes de oscuras intenciones -tan poco claras, quizá, que ni ellos mismos lo adviertan-. Ciertamente es una ecuación perfecta -o casi- de fe, cultura y tradición, una incógnita donde cada uno de nosotros debe cuantificar las variables íntimamente. El problema se suscita cuando se le añade un cuarto componente -vanidad, protagonismo, envidia... hay muchos para elegir- que neutraliza uno o varios de los restantes, si es que auténticamente existen.

    Pese a ello, pese a todo y a todos, este humilde y cansado bracero continúa raseando con sus palabras, arrimando el hombro como uno más en este paso -la Semana Santa- que, además de tentemozos, también necesita horquetas; y es que sigue habiendo demasiados braceros que miran hacia otro lado cuando en verdad debieran apretar la almohadilla y hablar en voz alta y clara, porque aquí no hay voto de silencio y callar es el conformismo y el estancamiento, es la nada y la muerte.

    Esta noche, la salmodia campanil nos traerá de nuevo esperanzas de cambio, ilusiones por hacer realidad, retos para llegar a cumplir. Y, aunque el amanecer nos devuelva una vez más a la certidumbre que día tras día nos persigue, levantaremos nuestra copa y brindaremos para que en 2006 seamos, al menos, un poquito mejores.

Lectura del Acta anterior