El xilófago

«Es mi opinión, y yo también la comparto»
Henri B. Monnier

 

    Se alimenta destruyendo. Es silencioso y, por ello, pasa desapercibido hasta el momento de atacar y -a la hora de hacerlo- suele ser despiadado y, en ocasiones, atroz. Sus nutrientes se basan en el desprestigio de la imagen ajena, utilizando para obtener tales fines su arma más poderosa: el pataleo cobarde de quien apedrea escondiendo la mano. Normalmente carece de argumentos porque, de poseerlos, los expondría abierta y públicamente, como lo hace quienes él detracta. Muchas veces ha de recurrir a aspectos personales e íntimos de su presa con tal de herirla y abatirla a continuación. Vive pendiente, inmerso en el submundo de los ruegos y preguntas, queriendo dogmatizar con sus afirmaciones, tratando de que la dictadura de sus comentarios sea ley a la que todos deban someterse. Es el xilófago de esta, nuestra Semana Santa.

    Tal vez sería necesario, a estas alturas de la función, desinsectar -o, mejor aún, desinfectar- alguna que otra mentalidad, sanear más de un cerebro, blanquear bastantes malas intenciones. El xilófago calla y se esconde cuando debería hablar y mostrarse. Otras veces escupe el fuego de su dialéctica, vocablos que casi siempre denotan escasez de recursos e ideas, desconocimiento sobre aquello que se atreve a sentenciar y, lo que todavía es más lamentable, carencia de buenos modales, de tacto y de educación.

    Por si fuera poco, la denodada e incansable actividad de esta termita horquetera se ve refrendada por un considerable número de ignorantes que meten en el saco del despropósito a braceros y a xilófagos, mezclando nombres y apellidos con seudónimos más o menos originales, elaborando un cóctel que eleva al rango de verdad las mentiras más increíbles y degrada el valor de noticias contrastadas y artículos firmados.

    La “Radio Patio” en que se convierte en demasiadas y sangrantes ocasiones el foro público de esta publicación digital no es más que el chismorreo puro y duro del vecino acerca de su homólogo de escalera. Es el medio perfecto para que el xilófago se desarrolle y expanda, temeroso de levantar la voz en Junta General o de airear sus pensamientos en una puja compartida chupando trono. Y es que vive secuestrado por el miedo a opinar con valentía, escondido en la clandestinidad de su propia falta de democracia, de una sana libertad de expresión que ha decidido abolir para sí mismo.

Lectura del Acta anterior