| El xilófago |
«Es mi opinión, y yo también la comparto»
Tal vez sería necesario, a estas alturas de la función, desinsectar -o, mejor aún, desinfectar- alguna que otra mentalidad, sanear más de un cerebro, blanquear bastantes malas intenciones. El xilófago calla y se esconde cuando debería hablar y mostrarse. Otras veces escupe el fuego de su dialéctica, vocablos que casi siempre denotan escasez de recursos e ideas, desconocimiento sobre aquello que se atreve a sentenciar y, lo que todavía es más lamentable, carencia de buenos modales, de tacto y de educación. Por si fuera poco, la denodada e incansable actividad de esta termita horquetera se ve refrendada por un considerable número de ignorantes que meten en el saco del despropósito a braceros y a xilófagos, mezclando nombres y apellidos con seudónimos más o menos originales, elaborando un cóctel que eleva al rango de verdad las mentiras más increíbles y degrada el valor de noticias contrastadas y artículos firmados. La “Radio Patio” en que se convierte en demasiadas y sangrantes ocasiones el foro público de esta publicación digital no es más que el chismorreo puro y duro del vecino acerca de su homólogo de escalera. Es el medio perfecto para que el xilófago se desarrolle y expanda, temeroso de levantar la voz en Junta General o de airear sus pensamientos en una puja compartida chupando trono. Y es que vive secuestrado por el miedo a opinar con valentía, escondido en la clandestinidad de su propia falta de democracia, de una sana libertad de expresión que ha decidido abolir para sí mismo. |