| Después de todo |
«Cada uno de nosotros es un desierto»
Cerró los ojos y, por un instante -mágico instante-, sintió de nuevo la ilusión de su juventud, la emoción con la que se acercaba hasta allí cada día de la Semana Santa a colocar almohadillas -las más difíciles, recordaba, las de hebilla- o a echar una mano limpiando faroles o cualquier trono que todavía no estuviera a punto. Incluso podía escuchar «¡Oh Bendita Estrella!», vestigio de un tiempo en que las marchas grabadas aún era un lujo al alcance de pocos y las cintas de cassette se constituían en objeto de contrabando . También se imaginaba por el pasillo de su vieja casa -cuánto la añoraba- en las tardes cuaresmales en las que él, todavía, desconocía lo que significaba la Cuaresma, pero ya comenzaba a saber lo que se sentía al pujar un crucificado de plastilina sobre un trono de cartón o bajo el sofoco de un capillo de retales, hilvanado por una madre cansada de oír hablar de Semana Santa a todas horas. Semana Santa. Aquello también era Semana Santa... igual que el sonido de los ensayos en San Francisco, que se colaban por una ventana -abierta de par en par- por donde entraba el frío invernal que un año le castigó sin procesiones. Cuánto tiempo había pasado. Después vendría la primera túnica, la primera carta de pago, la primera cruz -como no, prestada-, el primer desfile, las primeras sensaciones... y el universo cofrade le hizo de los suyos o viceversa -ya nunca lo sabría-, multiplicando sus actividades, sus inquietudes, sus responsabilidades... envolviéndole en una vorágine en la que no siempre estaba seguro de si estaba en lo cierto, si ése era el camino por recorrer o lo más sensato era abandonar el brazo y colgar la ilusión, tantas veces carcomida por la impotencia y la desesperanza de comprobar que, pasase lo que pasase, nunca pasaba nada. Abrió los ojos y volvió a la realidad. Miró frente a frente al Nazareno y buscó respuestas en Él. Le preguntó el porqué de tantas sinrazones. Muerte, dolor, destrucción, maldad… También Le interrogó por su futuro, por su día a día, por el sentido de su existencia y de sus acciones. Sin esperar una respuesta -quizá ya la tuviera- se levantó y se dirigió hasta el lampadario que iluminaba la efigie. Tras prender el pabilo, Le traspasó de nuevo con su mirada. Una vez cumplido el ritual de encender la pequeña plegaria en forma de vela, se santiguó ante Él, depositando un beso -dulce, humilde, sincero- sobre Sus pies. Incorporándose, dirigió de nuevo sus pasos hacia la calle. Después de todo, la vida, aún sin pretenderlo, debía continuar. |