Echándote de menos

«La ausencia es el peor de los males»
Jean de la Fontaine

 

    Has estado tanto tiempo esperando este día que ya no distingues si es realidad o sueño. Ahora que es Viernes de Dolores, en parte quisieras que el tiempo se detuviera o -mejor aún- que hubiera sucedido anoche, cuando “La Morenica” bajó -tan majestuosa como siempre- desde su camarín, prologando el principio del fin. Repasas mentalmente el cúmulo de sensaciones que te invadieron en este mismo día un año, dos, tal vez una vida entera atrás... y te gustaría que también hoy en Carbajalas se oliera a brea recién esparcida; que el diálogo entre campanas te asustase de nuevo, como aquella Virgen que observabas pequeña, a lo lejos, tras el vaho de los cristales a los que te pegabas; o que la banda sonara fuerte y potente como nunca...

    Esta vez, en cambio, descubres de nuevo que la infancia es un camino sin retorno, que atrás quedaron las lágrimas de comprobar que ya era Semana Santa, cuando los tambores de Jesús abrían el camino desde Santa Nonia hasta El Mercado. No, no te engañes. Hoy volverás a oler, a escuchar, a tocar, a saborear, a ver lo mismo que anhelabas tres lustros antes. Y regresará porque, en verdad, nunca se fue. La Semana Santa, la tuya y sólo la tuya -cada uno esconde la propia en lo más profundo de su ser-, está ahí, muy cerca del alma, de ese corazón que bombea sangre y que te empuja a seguir amándola día a día, año tras año.

    Ha llegado el momento de grabar una nueva muesca en la vara del recuerdo, esa que nos ayuda a caminar por la vida. Y tú, que nunca supiste aceptar que la existencia transcurre a velocidad de vértigo, que no entiendes que incluso las procesiones son locomotoras que nunca se detienen, tú, vuelves la vista atrás y empañas la mirada con todo lo sentido. Poco te importa ahora si ésta será mejor o peor Semana Santa que las anteriores. Sólo necesitas memoria para encararte a tu Imagen y darle gracias por todo, porque conservas la fe desde que tienes uso de razón.

    No dudas que, un año más, la mayoría percibirá lo mismo donde otros pocos aprecian la diferencia que marca el paso de los años, la certificación de que la Semana Santa es un organismo que vive como nosotros, pero que -si Dios así lo quiere- no morirá con nosotros. Gran responsabilidad es, pues, la que nos toca hoy para tratar de no quebrantar las leyes nunca escritas, pero por casi todos conocidas, del papón y del cofrade leonés.

    Al fin, tras tantos giros en torno a un mismo centro, pensando y repensando por qué tú, por qué aquí, por qué entonces, has llegado a la conclusión de que -sin obtener ninguna de esas respuestas- sabes que la Semana Santa no puede añorarse, porque no acaba ni empieza, porque el hoy es una continuación del ayer y una estación previa del mañana. Y aunque veas con tristeza regresar a la Señora de León por Herreros, a punto de cerrar su periplo anual; aunque te quites la túnica por última vez -quien sabe si antes de la procesión definitiva-; aunque te abata la imagen de una calle vacía tras el paso del Resucitado... por fin sabes que eso no es el final sino un punto y seguido más.

    Ya nunca volverás a echar de menos la Semana Santa, como antes lo hacías. Tal vez, si acaso, te embriagará la nostalgia por las antiguas sensaciones, por los viejos amigos, por las experiencias inolvidables... y, sobre todo, por el tiempo pasado, por aquello que se fue para no regresar; pero, en realidad, cuanto atrás quedó no volverá porque, en definitiva, nunca se ha ido.

Lectura del Acta anterior