| Mirando hacia delante |
«Si las pasiones y los sueños no pudiesen crear nuevos tiempos futuros,
Y es que tendemos a encasillar y a prejuzgar y a señalar y a pontificar. Como si la perfección fuera inherente a nosotros y sólo a nosotros, aun cuando es de nadie y sólo de nadie. En un país que aúpa a los altares del prime time televisivo a individuos que despellejan al prójimo sin titubear, en una sociedad donde encumbramos al que escupe en los sentimientos ajenos, no es de extrañar tanta patada dialéctica y demasiado veneno cibernético en los ruegos abiertos y las preguntas libres que esta revista cobija desde su creación. Después, quienes confunden libertad de expresión con apedrear el tejado del vecino o arrancarle sus geranios, se rasgan las vestiduras invocando derechos. ¿Es, acaso, justificable el insulto y el descrédito personal? Modestamente, entiendo que no. Escuchar. Pocos conocen las bondades de este ejercicio, tan saludable como poco practicado. Preferimos solaparnos y hacer ver al resto que somos los que más sabemos, los mejores. No está de moda contrastar opiniones, formar criterios propios... para qué si nos los venden enlatados. Y nosotros, acomodados en la comodidad, en ese estado del bienestar en el que -dicen- debe estarse pero que muy bien, preferimos no pensar, dejar esa aburrida tarea para otros. Decía el escritor Noel Clarasó que «lo malo de mucha gente no es una falta de ideas, sino un exceso de confianza en las pocas que tienen». Un enunciado que define a la perfección el panorama semanasantero que nos ha tocado en suerte. Repetimos y defendemos hasta el hartazgo planteamientos que otros niegan por sistema, sin detenerse siquiera a reflexionar qué puede haber de positivo y de negativo en ellos. Desde los orígenes del hombre, éste ha evolucionado de forma constante en un razonable afán por mejorar cuanto le rodea. En lo que atañe a papones y cofradías, bien parece no quererse continuar adelante, sino permanecer anclados en ciertas coyunturas, porque éstas parecen ser favorables para algunos. Abrir debate sobre fórmulas de gobierno, vigencia actual de las hermandades o éticas y estéticas varias, no debería ser visto como delito merecedor de pena de muerte, demonizando a quien se atreve a dar semejante paso adelante. Intentar y pretender y desear una Semana Santa mejor -que como todo, por supuesto que es posible- no es motivo de condena para quien cree en esos ideales; si acaso, lo es desde la ceguera del que envidia por no ser capaz de llegar a esas conclusiones sensatas y racionales. Ninguno de nosotros poseemos verdades absolutas, ni fórmulas mágicas que resuelvan tal o cual dilema. Cada uno tenemos -o, al menos, deberíamos utilizarlo- un punto de vista que, tal vez, difiera o se enfrente al del prójimo, pero que, en cualquier caso, ha de ser defendido con cordura y convicción, sin atropellos. Que el entramado de nuestra Semana Santa haya quedado estancado tras el desmesurado crecimiento de la última década, es motivo más que suficiente para replantear un futuro que puede comenzar hoy mismo. El final de una época de grandes cambios y novedades como la vivida desde los noventa, ha de ser forzosamente el prólogo de una etapa que asiente, depure y -por supuesto- innove. Viajar pendientes del retrovisor no es signo de madurez y eso mismo es lo que ahora necesitamos. Encarar nuevos tiempos, despojados de recelos y convencionalismos y, por qué no, de tanta mala leche, es la acuciante carencia de una celebración que nos necesita a todos sin excepción, donde cada uno ha de representar el papel que ha elegido para sí mismo. La asignatura que seguimos teniendo pendiente, dicho con amplitud de miras y con un ombligo tan pequeño como el propio universo, no es otra que bajar el telón cada día y levantarlo al siguiente, siempre -eso sí- mirando hacia delante. |