Cincuenta y dos semanas (Santas)

« Lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente,
pero el presente es tuyo»
Proverbio árabe

 

    Debes conformarte. Sería un bonito sueño, sí, pero la realidad es bien distinta. La existencia siempre nos gana la partida. Mientras, nosotros le pedimos una y otra vez que los minutos se multipliquen, que el reloj pare o que el tiempo se ralentice… pero eso no puede ser…

    Cincuenta y dos semanas sólo. Cada una para aprovecharla al máximo y exprimir instantes, esencias e impresiones, para poder así dedicarle a cada momento su afán y no vernos obligados a atropellar sentimientos haciéndolo todo y, al final, no haciendo nada. Sólo cincuenta y dos semanas. Una, al menos, para disfrutar cada acto, procesión o vía crucis. Una, por qué no, para deleitarnos con cada esquina de cada recorrido en cada itinerario. Una semana por cada uno de los cortejos y demás eventos penitenciales, una para poder admirar cada salida, cada entrada, cada pasaje insustituible… y es que todos, de alguna forma, lo son.

    Una semana también para intentar atrapar cada detalle con la cámara, para retener de aquí a la eternidad cuanto pasa ante nuestros ojos, para beber miradas y gestos, para escrutar en lo más profundo de las Imágenes. Una semana, después, para rezar a todas y cada una, que no es si no a Él y a Ella, mientras se acomodan sobre hombros enrojecidos que debieran disponer, al menos, de una semana para ser pujados con mimo y delicadeza, para agotarnos sólo lo justo. Tal vez, tampoco estaría de más permitirnos otra semana para el descanso y la reflexión, para cuestionarnos por qué y porqués. Incluso una semana para planificar el futuro, para proyectar las metas que pretendemos alcanzar, los retos que deseamos cumplir. Y es que de nosotros –de todos– depende la evolución, el mañana y, por supuesto, –no lo olvidemos– el ahora.

    Una semana destinada al obligado recuerdo de los que se fueron, pero que siguen y seguirán con nosotros, una semana para reconocer su labor callada y continuada, una semana para agradecérselo todo pues sin ellos, sin su estar ahí, nada permanecería hoy aquí. Una semana necesaria para reponernos de la crítica y el resentimiento, de tanto Judas, Sanedrín y Pilato, una semana para ser Pedro y Longino y reconocer errores y mirar al frente y pedir disculpas y ser perdonados.

    Una semana o más, para deleitar los oídos con cada marcha y cada partitura, en concierto o como banda sonora procesional. Igualmente, para leer cada artículo y cada revista, para asistir a cada acto y ver cada exposición, para estar presentes en cada culto y para echar una mano en montajes, limpiezas y puestas de almohadillas… una semana por tarea, incluso varias, para disfrutar cada instante como si se tratara del último, cada momento como si fuera el mejor.

    Una semana tras otra hasta cincuenta y dos. Así deberíamos vivir pese a que el tiempo y cuanto nos rodea se obstinan en acotar los sentimientos entre Dolores y Resurrección, en reducir el Todo a una semana que, en León, dura hasta diez días. Y mientras, en tanto se hace realidad ese sueño, respiremos juntos este ahora, el que sale esta tarde a la calle Herreros y el que no duerme hasta que Jesús resucita ya entrada la tarde de la Pascua, una Semana que da sentido a las cincuenta y una restantes, que llena vacíos, que ilumina desvelos, que late en nuestros corazones, que nos da Vida, incluso más allá de la propia muerte.

Lectura del Acta anterior