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«Dime amigo: ¿La
vida es triste o soy triste yo?»
Amado Nervo
Era
una cita conmigo mismo a la que no podía ni debía faltar.
Mi quinto Viernes de Dolores horquetero no podía quedar sin
raseo. Estaría traicionándome. Te estaría fallando.
Y, aunque tentado he estado de no acudir a la llamada, algo en mi
fuero interno me lo ha impedido. Es cierto, sí, a Ti no puedo
engañarte. Mentiría –y no quiero hacerlo–
si te dijera que todo va bien, que no hay desánimo que vencer,
que no han existido algunos –muchos– sinsabores y tropiezos
a lo largo de este camino anual, de Dolores a Dolores, de Resurrección
a Dolores, de Dolores a Resurrección… sin fin ni principio…
sólo Semana Santa. Tal vez todo esté aquí, en
mi interior, en una forma de afrontar realidades que no es la más
adecuada. No lo sé. Lo desconozco. Y quisiera que no fuera
así. Desearía con todas mis fuerzas mudar esta tristeza
que ahora me invade por alegría inmensa por el momento –los
muchos miles de momentos– que en sólo diez días
nos disponemos a vivir. Quizá sea ese impulso desmedido de
revivir lo vivido, de dejarme llevar por la añoranza de tiempos
tal vez mejores, de bordillo y oblea, de temores y anhelos infantiles.
Eso sí que lo sé, aunque aspiro llegar a comprenderlo,
a asumir finalmente que aunque cada último Viernes de Cuaresma
desearía dejarme llevar por el aroma a brea, por el miedo absoluto
a aquella Imagen tétrica que para mí era más
Morenica que nunca; aunque desearía abrir de par en
par las ventanas para escuchar, en medio del frío, marchas
de antaño… sé que eso es imposible, que sólo
permanecen en el recuerdo, habitando un corazón que se deshace
en emociones al evocar con intensidad aquellas tardes y aquellos días,
aquellas Semanas Santas y aquellas procesiones… Hoy volveré
a intentarlo. Como cada año, con la llegada de una primavera
que siempre se nos anticipa. Y aunque sea un instante fugaz sé
que, a mi modo, lo conseguiré. Pese a todo y a todos, será
el sublime momento que vuelva a dar sentido a mi personal búsqueda
existencial. Tal vez dure un segundo o quizá ni siquiera se
alargue tanto tiempo… Y entonces, como la estrella fugaz que
ilumina con cera los ojos de la Señora, viviré de nuevo,
un año más, cuantos Ella quiera más… el
primer Viernes de Dolores.
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