| Llegó la hora de la verdad |
Sin pecado concebida. Hace que no me confieso, Padre, desde el 17 de marzo, y teniendo en cuenta que estamos en Semana Santa, qué mejor momento que este para cumplir los Mandamientos de la Santa Madre Iglesia, que ya nos enseñaban Astete y Ripalda. Claro que sí, hijo; haces muy bien. Cada vez son menos los que me vienen por aquí. Parece que la gente ya no se lo toma como antes… Y dime, ¿de qué te confiesas? Pues verá Padre… Al realizar el examen de conciencia, cuanto más me iba adentrando, me iba poniendo de peor humor. Y, ¿sabe una cosa? Como estamos en Semana Santa, no me apetece estar de mal humor, sino más bien todo lo contrario. ¡Son momentos para disfrutar! Pues sí que eres peculiar, muchacho. Cuéntame, al menos, qué es eso de disfrutar. Yo pensaba que la Semana Santa era para rezar y pedir perdón. Venga, Padre, no me venga con esas. Sabe usted de sobra que es posible que coexistan ambos sentimientos. La Semana Santa lo es todo para mucha gente, una forma de vida. Bien es cierto que se trata de una Catequesis, de acompañar a Cristo durante su Pasión y Muerte, y a su Madre en su Soledad, y celebrar junto a Ellos el Triunfo de la Resurrección. Pero es algo más aún, muy difícil de explicar. Por lo menos no te olvidas del fenómeno religioso, que ya es bastante. Y sí que entiendo que para mucha gente sea algo más, pero lo que no entiendo es la diferencia entre un Crucificado y otro, o entre una Virgen y otra; al fin y al cabo, no son más que meros pedazos de madera que les representan. Sí, son representaciones, Padre. Eso está claro. Pero unas, no me pregunte por qué, infunden más devoción que otras. Cada persona siente algo especial por una u otra imagen, aunque todas, al fin y al cabo, representen lo mismo. Ya voy entendiendo, pero digo yo… ¿tú como sabes que no te has confundido de imagen y qué a la que profesas devoción es esa y no otra? Pues es difícil de explicar. Pero sí le puedo decir que, el hecho de entrar un día cualquiera en la capilla, y verla ahí, observándome y hablándome -Porque me habla, ¿sabe?- tiene que decir algo. Lo mismo que en su procesión, al meter el hombro y notar como se me humedecen los ojos por el mero hecho de llevarla sobre mis hombros, supongo que también. Ciertamente, hijo, algo ha de significar. Y mucho más que seguro no eres capaz de expresar con palabras. A mí también me pasó, hace ya mucho tiempo, algo parecido; y desde entonces, mi devoción ha ido aumentando más y más con el paso del tiempo. Llegó la hora de la verdad, Padre. Estoy tan nervioso como cuando la vi por primera vez. Siempre que he podido, he ido a verla, pero cuando vuelva a meter mi hombro, junto con el resto de mis hermanos, y la saquemos en procesión, sé que volverán a ser momentos inolvidables. Cierto es. No olvides que estas fechas son precisamente propicias para dejar atrás rencillas, para olvidarse de lo que pasa en el resto del mundo y, como no, acompañar a Cristo y a su Madre. De esta forma, la Pasión y Muerte del Señor, así como la Soledad de la Virgen será un poquito más llevadera, y la Resurrección, algo más alegre. Tiene razón, Padre. En estos momentos sólo debe importarnos estar al lado del Señor y de su Madre. Quizás en estos días, nos infundan las fuerzas necesarias para dejar al margen nuestras rencillas -como usted dice- el resto del año. En penitencia, saldrás en procesión ofreciéndosela a Dios para que, te de la fuerza necesaria para que se cumpla lo que dices. Vete en paz. Amén. |