Cuando el Nazareno ya se ha acercado al pueblo de León, cuando su pie ha sido altar de sentimientos y emociones, cuando cornetas y tambores hacen de cruz de guía por toda la ciudad, cuando el museo es madera sin tallar y sueño de papón frustrado, cuando todo es ya pasado sin retorno, mentira tras mentira, vergüenza tras vergüenza muchas preguntas acechan mi pensamiento.
La Cuaresma es ya tiempo de acelerada carrera oficial hacia el desorden pasional. León es ya capirote sin mirada, paso sin horqueta, hermandad sin casa, una casa que no se talla, una gubia que no esculpe. Crucificados, Misterios, Vírgenes, imaginería de nuestra ciudad. Sueños de cofradía de barrio, pasos de doble cara, Semana Santa sin hermano mayor, una semana que navega a la deriva, guiada por los sueños de papones de fe, almohadilla vacía y papón de Viernes Santo, de flor, foto y brazo eterno. Eso sigue siendo León.
Domingo de Dainos, Lunes de Pasión, Martes de dolor que llega a su final con el perdón, Miércoles de silencio y oración y un Jueves donde la Cena llena las calles de miradas de admiración, con Judas que traicionará al Señor y a todo el pueblo de León. Viernes de Ronda, clarín y tambor, mañana de Encuentro y tarde de Entierro y Balderas, desenclavo de Sábado Santo ante la Puerta del Perdón, Domingo de Resurrección.
Nuestra ciudad volverá a iniciar la cuenta atrás, volverán las decepciones y la mentira, el Nazareno volverá a ser altar de sentimientos y las gubias no tallarán. Nuestra Semana Santa es así, tan inmadura y tan reconocida, tan intensa para unos pocos y tan superflua para la mayoría. Ya es tiempo de tertulia, de incienso y devoción, de días de alegría, de emociones y satisfacción, de palabras y de presentación de una horqueta, pregón de Cuaresma, con vidrieras como palio de excepción. |