La tristeza de Lázaro

   Eran las siete y media de la tarde, más o menos, era Lunes Santo, y como siempre llegué algo pronto a Santa Nonia, no aleatoriamente, sino con intención ya que me gusta disfrutar de esos momentos previos a la procesión con una Capilla semillena y contemplar los pasos con tranquilidad. Con calma, me recreo con el momento y tras los saludos de rigor a hermanos y conocidos, encuentro un hueco en uno de los bancos de la pared, según se entra a la derecha.

   Allí, sentado, viendo el trasiego de entradas y salidas, observando con sabios ojos, que delatan la dilatada experiencia en nuestra Semana Santa a lo largo de tantos años, esta el hermano Lázaro. Cincuenta y seis años de hermano de Jesús. Me senté a su lado y con respeto le di mis buenas tardes, que él con celeridad me respondió. Pero había algo que no estaba en su sitio. No tenía la túnica y su rictus no era precisamente alegre. ¿Qué pasa Lázaro, cómo va eso? le pregunté, con ánimo de conseguir una repuesta que solucionara mis dudas. Enseguida, sin pensarlo ni un segundo, me contó con todo detalle que había tenido un pequeño percance y se había lastimado la rodilla, y que el médico le había aconsejado que no realizara ningún esfuerzo para una mejor recuperación.

   Esa era su tragedia, por eso su tristeza, esta vez el hermano Lázaro tras muchos años, vería desde otra perspectiva la salida del Nazareno, no estaría debajo, pegado a su brazo, no se bajaría el capillo y no sacaría de su Capilla a Nuestro Padre Jesús Nazareno. Mis palabras de ánimo no hacían ningún efecto en su pesar. Se acercaron dos amigos suyos y también se interesaron por él. Una vez más les contó su desgracia, pero esta vez no puede remediar emocionarse y le brotan unas lágrimas.

   Llega el momento. Me sitúo en mi puesto, con mi querida Banda Senior, delante, grandioso una vez más, el Nazareno y su cruz. Suena la Marcha Real y comenzamos los primeros pasos para salir de la Capilla. Mi sitio esta a la izquierda y eso me permite girar la mirada hacia Lázaro, que no se ha movido del banco para, al menos, ver salir a "su paso"; esta llorando. Sin pensarlo dos veces, salí de la fila para darle un saludo de ánimo, él no quiere nada, no tiene consuelo, el momento que siempre ha esperado con ilusión y nerviosismo, y que estos días aguardaba con temor, había llegado, el Nazareno sale y él, no esta debajo.

   Una Semana Santa se hace grande por momentos como este. Los sentimientos que provoca nuestra Semana Santa son únicos y por ello se deben disfrutar al máximo, porque sólo Dios sabe cuando podremos volver a saborearlos.

José Juan Mencía Ramos

Lectura del Acta anterior