Sucedió, hace ya muchos años, pero sucedió, y aún guardo en la bisoñez de mis inexpertas retinas todos aquellos recuerdos como si fueran ayer, y tan solo abrir los párpados me doy cuenta que el tiempo ha pasado inexorablemente como el dictador que no perdona los instantes vividos y tantas veces perdidos.
Cierro los ojos y nítidamente veo aquellas primaveras del siglo pasado, aquellas semanas santas duras y difíciles, de aquellos retratos de una ciudad coqueta, que quería crecer mientras moría anclada a sus viejas glorias, y la nostalgia inunda mi alma, veterana de mil batallas y cansada. Nostalgia que arrastra mis recuerdos, de aquella juventud hoy perdida, impaciente y rebelde, ansiosa de trabajar y de hacer cosas, tantas cosas...
Imágenes retrospectivas de cofradías, papones y limonadas. Niños ofrecidos bajo los pasos y trabajo y lucha constante por el futuro que no pasaba de mañana.
Semanas santas primaverales propiedad de las gentes y de sus calles, donde no había envidias y rencores, porque no existía nada más importante que nuestras Benditas Imágenes, donde todos metíamos el hombro al unísono, y nada era patrimonio exclusivo de nadie.
Mis ojos ya marchitos y casi cegados por la bruma de los años se encharcaron en lagrimas al escuchar como nuestros desvelos de antaño, por eso tan queridos para los papones, se han convertido en cortijo de unos pocos, y donde los pocos que se atreven a intentar mejorar el patrimonio que les legamos, esa cultura cofrade, les roban la ilusión y la desidia les invade.
Hoy me han contado que un amigo, un alférez que intentan dar un nuevo soplo, un nuevo aire a nuestra Semana Santa ha roto su pluma y pliega velas ante la indiferencia de la mayoría de sus hermanos cofrade, y medito mientras escucho caer la lluvia tras los cristales: ¿Cuándo les quitamos la Semana Santa a los papones? ¿Cuándo les invitamos a cerrar la puerta por fuera de sus cofradías? ¿Cuándo nos equivocamos en elegir el relevo de nuestros cansados años de desvelos y trabajos? ¿Cuándo?
Hemos olvidado todo aquello que tanto esfuerzo nos costo aprender y recuperar, y nos hemos estancado, estacionados como un coche que de tanto tiempo parado se da por abandonado. Hemos perdido las ganas de mejorar, de bogar todos juntos, las ganas de involucrarnos, y muchos han perdido las ganas de luchar sin haber vestido aun sus mayas guerreras, porque a su alférez le han herido en un brazo y se siente sin fuerzas para sostener la enseña, y en vez de ayudarle, en vez de sostener sus brazos, repliegan filas, cediendo terreno que otros conquistaron por ellos, mientras se excusan diciendo que en la dehesa plantaran cara, lejos de nuestro enemigo, sin saber que el enemigo son ellos mismos...
Hoy me he entristecido al saberlo, y al recordar que la Semana Santa se ha convertido en propiedad privada de unos pocos y patrimonio de nadie. |