Fiesta del Corpus Vs Purísima

   Aunque el título pueda sugerir una confrontación de argumentos entre ambas festividades religiosas, creo que desde una perspectiva propia de un cofrade está clara la decantación hacia el Corpus en detrimento de la Purísima. Muy poco hay que señalar, creo, el arraigo en las celebraciones, la participación de los fieles, etc., frente a una festividad de mucho menor calado popular.

   El origen de mis reflexiones procede de los acontecimientos que se dieron al inicio de la democracia, cuando se reforma el calendario laboral español debido a un alto número de festividades existentes, fundamentalmente religiosas y la inclusión de algunas nuevas de carácter laico. Como resultado de las negociaciones, la Iglesia Católica eligió prescindir de festividades bien significadas hasta el momento, como las de San José, Santiago y la del Corpus Christi, no sin cierto pesar. En cambio se conservaban las festividades de Semana Santa (salvo Jueves Santo en algunos lugares, que pasaba a ser laborable), las correspondientes a Navidad, así como la fiesta de la Purísima Concepción.

   Desde luego, parece una decisión, cuanto menos, extraña cuando vemos como se quedaron por el camino importantes fiestas del calendario religioso. Quizá merecería la pena hacer algo de historia para comprender la trascendencia de esta fiesta.

   La celebración del día 8 de diciembre corresponde a un dogma de fé de la Iglesia Católica, por el que se afirma que la Virgen María había sido preservada de la mancha del pecado original, o lo que es lo mismo nació sin el pecado original que heredamos desde Adán y Eva. Pero esto no siempre fue así, sino que se es un añadido a la teología cristiana de fechas bien recientes, en 1854, que es otro hecho bastante sorprendente.

   La idea de la Purísima Concepción de la Virgen surge en la Edad Media y se convierte en un tema muy recurrido en los debates filosóficos de los siglos XII y XIII. Así los Franciscanos, Duns Scoto a la cabeza y con la excepción de San Buenaventura, defendían este postulado, mientras que los dominicos, con Santo Tomás de Aquino como representante principal, negaban esta posibilidad. Al final de la Edad Media, ya con los Reyes Católicos, la idea ya había saltado de los medios intelectuales y se fue difundiendo en España hasta el punto de cristalizar con la creación de la Orden Concepcionista y los diferentes conventos concepcionistas, como el de León, que fue fundado en este momento.

   Entre los siglos XVI y XVII esta idea se popularizó en España de tal forma que la monarquía española acabe adoptando un fuerte compromiso encaminado a obtener del Papa su elevación a dogma de fé. Y este objetivo condicionaría en buena medida la política exterior española de esta centuria frente al papado.

   La actividad diplomática y la presión en la Santa Sede que ejerció la corona española fue intensa en esta dirección. En 1616 partió hacia Roma la primera embajada inmaculista enviada por Felipe III, de la que se recogieron logros limitados. Tan solo se pudo obtener un decreto para el Santo Oficio por el que se obtenía libertad para defender públicamente el misterio de la Concepción. Recordemos que por el momento era una creencia no aceptada oficialmente por la ortodoxia romana. Pero en las ciudades de los distintos reinos hispanos se organizaban rezos colectivos en las calles y plazas por parte de una sociedad enfervorizada, votos y juramentos, para pedir la decisión papal.

   En 1619 regresará a Roma una segunda legación que portaba los numerosos testimonios sobre estos juramentos y votos que formulaban las numerosas ciudades hispanas, así como universidades y cofradías. Los resultados, aún más parcos, se limitaron a una mera ampliación del decreto anterior.

   Entre 1625 a 1645 se produjo un fuerte parón en las gestiones ante el papado, debido a las malas relaciones políticas entre el papa Urbano VIII y Felipe IV. Tras la desaparición del primero ascenderá al trono de Pedro otro pontífice favorable a los intereses españoles, Alejandro VII, con lo que el rey volverá a enviar nuevas legaciones para obtener la ansiada definición dogmática. Estas nuevas gestiones darían como fruto el reconocimiento, recogido en una Bula de 1662, en la que se afirmaba que la Virgen María había sido preservada de la mancha del pecado original. Pero aún faltaba un largo camino para ser considerado un dogma de fé.

   Hay que indicar que en la política exterior española asociaba indisolublemente religión e intereses profanos, lo cual era visto por el resto de potencias europeas como un pretexto para mantener la hegemonía en el continente y justificar la política intervencionista española. Las concesiones que se hacían en materia religiosa tenían, desde luego, contrapartidas que solían afectar a la política exterior romana, a veces acuciada por presiones de otras potencias europeas, auxilio militar español y hasta concesiones territoriales con las que engrosar la extensión de los estados papales.

   Un nuevo hito en esta rocambolesca historia política-teológica corresponde a cien años después, 1760, de la mano de Carlos III, monarca ilustrado, gran devoto de la Inmaculada Concepción y buen conocedor de la compleja política italiana a través de su paso por el reino de Nápoles. Posiblemente gracias a esta posición de privilegio logra obtener del Papa Clemente XIII una nueva bula en la que proclama a la Pura y Limpia Concepción patrona de los Reinos de España.

   Finalmente en 1854 Pío IX realiza una definición dogmática, en la bula Ineffabilis Deus por el que se eleva a precepto dogmático.

   Este empeño y la movilización de los recursos diplomáticos un estado, que dominaba la mitad del mundo, tuvo como objetivo modificar la doctrina de toda una religión con fieles en todo el planeta e influir en sus creencias hasta el punto de señalarla dogmáticamente en el ideario católico.

   Hoy muy pocos son conscientes de este significado, que se celebra el 8 de diciembre. Unas fechas que para todos es "El Puente" que ya suelen tener otra trascendencia muy diferente. Y para un papón como el que escribe estas líneas, siempre ha sido un gran misterio discernir porqué la Iglesia sacrificó una festividad como el Corpus Cristi con una importante repercusión entre los fieles, celebrada en todo el país con importantes procesiones y manifestaciones de fé, frente a la del próximo 8 de diciembre.

José de Alvarado

Lectura del Acta anterior