La pasada Semana Santa (2004) remití una colaboración a esta página Web, amablemente publicada por sus artífices, en la que me lamentaba de alguna que otra "innovación" incorporada un tanto a la ligera a nuestras procesiones (véase "Semana Santa leonesa ¿desvirtual?", en esta misma sección). En concreto, hacía referencia a las peregrinas inclusiones de costumbres o rituales procedentes de otras provincias (como si no hubiera, en nuestra tradición, ritos perdidos susceptibles de recuperación), y también a la alocada aunque bienintencionada inclusión de ritmos extravagantes (en el caso de las bandas), bailoteos de pasos o incorporación a los cortejos de tallas de escaso o nulo valor artístico. En este último sentido, recomiendo leer el artículo que el Sr. Caballero Chica publica en "El Filandón" (Diario de León) del pasado domingo día 13. Yo ahora quería hacer extensiva la crítica de esta especie de "chabacanería verbenera" a otros elementos que, aún cuando no están directamente presentes en los desfiles pasionales, forman parte de todo el mundillo que rodea a la Semana Santa y están íntimamente ligados a ella. En este apartado podríamos incluir los conciertos, triduos, carteles, revistas, etcétera.
He estado ya en tres conciertos semanasanteros, y tengo que decir que la calidad de los mismos dejó mucho que desear; no quiero dar nombres por no herir susceptibilidades, y también porque creo que, salvo honrosas excepciones, este bajo nivel es la tónica general de las bandas y agrupaciones musicales: instrumentos desafinados, escasa habilidad interpretativa y elecciones de repertorio, a menudo -y a mi juicio- poco afortunadas. Ya no hablemos de marchas compuestas con mucho entusiasmo pero con escasos conocimientos musicales por algún miembro de la banda en cuestión (las combinaciones de voces chirrían desde un kilómetro) ni de alguna que otra "adaptación" de la canción de moda.
En lo que respecta a las revistas, la mayoría parecen, en cuanto a su contenido, pergeñadas por escolares en fin de curso o por comisiones de festejos de cualquier villorrio rural: abundan las cuestiones "domésticas", que a nadie interesan sino a los propios cofrades que, en la mayoría de los casos, ya las conocen sobradamente, por lo que reflejan una pobre imagen al exterior de la agrupación pasional. Los poemas que destrozan cualquier tipo de métrica y las fotos mediocres también menudean en este tipo de publicaciones, así como los testimonios tan ingenuos como ñoños de colaboradores que, muy a menudo, desconocen las más elementales reglas de la sintaxis. Comprendo, asimismo, que la publicidad es esencial para la pervivencia de tales revistillas, pero sería de agradecer que tanto la excesiva profusión como la incorrecta maquetación de la misma no incidiera negativamente en la estética general; es decir, que en la medida de lo posible, se aislaran las páginas publicitarias de las que no lo son; no me parece adecuado, por ejemplo, que la fotografía de una virgen dolorosa conviva sobre el papel con el anuncio de una tasca del Barrio Húmedo, o que un cristo lacerado comparta página con el chirriante pasquín de una inmobiliaria. Llegados a este punto, la solución parece ser la misma que proponía el pasado año para los temas abordados en aquel entonces: el asesoramiento, la tutela y -mejor aún- la intervención directa de profesionales. Sólo así evitaremos que nuestra Semana más grande se convierta, por mor de extravagantes injertos foráneos o entusiasmos mal canalizados, en un penoso remedo de la feria de abril. |