| Más que llevarnos bien |
Me piden “Un brazo libre” para La Horqueta Digital. Con sumo gusto arrimo el hombro a este “paso”, que a menudo origina tantos dolores como si fuera de madera de roble. Dolores -de muchos tipos- en los responsables de la página web, en los autores de las colaboraciones... y en los destinatarios de algunas críticas que aquí se cuelgan. Unas con fundamento. Otras sin él. Y otras a medio camino. Porque la desinformación y la visceralidad suelen acompañarnos también en estos asuntos por estas tierras de larga historia y, dicen, de corazón frío. Lo que hoy comparto con todos los hermanos son unas ideas que responden a mi punto de vista como sacerdote -así se me pide en la amable carta que me invita a colaborar- sobre la presencia de las Cofradías y Hermandades Penitenciales en nuestra diócesis y en nuestra Semana Santa. Cofradías en la Iglesia En primer lugar, creo que es bueno que todos los formáis parte de la gran familia cofradiera toméis conciencia de que estáis representando, sin ninguna duda, a la realidad asociada más numerosa de lo que es nuestra Iglesia diocesana de León (probablemente más de 16.000 personas inscritas como hermanos, a las que hay que añadir por extensión a las familias de casi todos. Es un cargo de responsabilidad, porque, si calculamos que puede haber entre los 280.000 habitantes de la diócesis unos 240.000 que se confiesan católicos y, de éstos, unos 60.000 practicantes (de misa dominical), habría que terminar admitiendo que la familia de miembros de Cofradías y Hermandades de Semana Santa podríais cambiar la faz de todo sólo con vuestra participación activa en el seno de la comunidad cristiana y humana. Ya sé que ni es oro todo lo que reluce ni todos los cálculos estadísticos responden a la objetividad de las cosas. Pero... Por otra parte, tampoco conviene olvidar que sois asociaciones de laicos y que, por tanto, no podéis obviar vuestra condición en la Iglesia que es la de ser apóstoles en medio de las realidades temporales, antes que ninguna otra cosa. Es decir, que debéis ser agentes de transformación en línea evangélica del complejo mundo de la política, los sindicatos, la vecindad, el ámbito de la cultura, la familia, los espacios de ocio y diversión, ... Esto conlleva consecuencias evidentes. Verdad es que el cimiento de todo es la conciencia personal, lo que cada uno cree y aquello de lo que uno está convencido. Por hipótesis, se supone que todo cofrade es un cristiano -de más o menos vida ejemplar, pero siempre asistido por la fe- que sabe que debe ser discípulo de Jesucristo y que debe esforzarse por ser piedra viva en la edificación de la Iglesia. En el camino de ser fieles a la fe que Dios nos ha regalado y que hacemos nuestra con muchos gestos, pero especialmente con el de adscribirnos a una de estas asociaciones penitenciales, bueno es tener presente que contáis todos con el mismo denominador común, que es el carisma específico de encontrar la fuente de vuestra espiritualidad -lo que da sentido a la vida- en los misterios pascuales de Cristo, paciente, muerto y resucitado, y en los contextos de situaciones y personajes de esos momentos culminantes de la obra redentora. Dicho de manera más sencilla: el marco de la Semana Santa cristiana, con sus acontecimientos y personajes, tiene que ser la atmósfera que dé aire y armonía a vuestra condición de ciudadanos y de cristianos En el marco de la Semana Santa En este sentido, conviene no olvidar que esa espiritualidad o forma de ver y de sentir la vida es, ante todo, de reconocimiento de los propios pecados, como causantes de la pasión y muerte de Cristo. Por ello, os debéis sentir llamados a llenar vuestra vida -en los días de Semana Santa y en todo el año- del espíritu penitencial que os introduce en una nueva condición de personas reconciliadas y abiertas a la misión de la Iglesia (la evangelización), en la que deben ocupar un lugar preeminente las obras de caridad fraterna, por cuanto son la señal distintiva del cristiano. Lo dijo Cristo de manera incuestionable: “En esto conocerán que sois mis discípulos: en que os amáis los unos a los otros”. Todo ello tiene un marco en el que situarse: la pertenencia a la Iglesia, visibilizada y localizada en la Iglesia diocesana, es decir, la vivencia de una espiritualidad de comunión -la fraternidad- que proyecta hacia la misión -el anuncio a los demás de nuestra fe-. Hablar, pues, de la unidad fraterna entre Hermandades y Cofradías y en el seno de las mismas ni es un tema menor, ni puede quedar circunscrito a un aspecto meramente funcional o de articulación práctica (“vamos a llevarnos bien”). Tampoco se trata de favorecer y de fortalecer el sentido corporativista de estas asociaciones (apoyados por las Juntas Mayores, si las hubiera), para plantear reivindicaciones o recabar ayudas ante o frente a terceros. No es algo tan superficial. Es un tema sustancial al ser mismo de la fe cristiana, que, desde el mandamiento nuevo del amor, proyecta al gozo del disfrute del don de la “comunión” afectiva y efectiva (anticipo de la comunión en la Iglesia celeste, los hermanos que se nos fueron y a los que nos unimos de forma especial cuando celebramos una Misa por su eterno descanso), expresada en la fraternidad al interior de las asociaciones, en la concordia activa entre ellas, en la participación en la vida de la Diócesis y de las parroquias, en el ejercicio de la solicitud por la extensión del Evangelio en el mundo y, en último término, en la visibilización del sentido de comunión con la Iglesia universal, por cuanto la Iglesia tiene que ser como un signo (“sacramento”) de la unión de todos los hombres con Dios y de los hombres entre sí. |
Antonio Trobajo Díaz
Vicario Episcopal de Relaciones Públicas