El monopolio de las bandas

  Pensaba que nunca me iba a ocurrir. Me equivoqué. Anoche, con la mayor de las nocturnidades, mientras soñaba apaciblemente con un hermoso anochecer donde la Virgen de las Angustias lucía por las callejuelas leonesas, me desperté sobresaltado.

  La corneta asesina –pensé yo…–; mientras asimilaba que no se trataba más que de una horrible pesadilla, repasaba en mi mente como ese instrumento de viento, que se hacía llamar Do-Re Brillante, tenía vida propia y me perseguía a perdigonazo limpio con la boquilla a modo de revólver. ¡Puag…!

  Aunque, bien pensado, no es de extrañar. Fíjense, pacientes lectores, que servidor –que sigue con cierta asiduidad La Horqueta– no se hacía notar desde la pasada Epifanía, pero –ya que se ofrece este brazo libre– ha llegado el momento de volver a ocuparlo. Y es que con tanta corneta asesina –o tanto “asesino” de corneta, como quieran– le salen a uno hasta sarpullidos.

  Personalmente soy de la opinión de que las bandas son una parte muy importante de la Semana Santa (y eso teniendo en cuenta que nunca he soplado una corneta). Y también de los que se ven saturados por el monotema del pentagrama. Cada cosa en su justa –y digo justa– medida.

  Si una cofradía se viene abajo, pasa desapercibido; si se estrena un paso nuevo, no tiene mayor relevancia; pero si de una corneta sale un sol en lugar del fa sostenido correspondiente… ¡Ay Señor mío…! Tenemos tema de debate para tres meses, opiniones para todos los gustos, y se pondrá en entredicho hasta al mismísimo Alberto Escámez.

  Pero lo que verdaderamente resulta indignante es cuando nos quieren hacer pasar por poco listos. Que quizás lo somos, no digo que no. Pero una cosa es ser poco listos y otra muy diferente no saber distinguir un patinete de un camión de helados.

  Hay quien defiende que las bandas deben mantener cierto nivel para salir a la calle. Tiene su lógica. Otros consideran que lo importante es la ilusión. Por qué no. Pero lo que no se puede hacer es comparar a los unos con los otros, independientemente de que vistan túnica, uniforme o chilaba. Una cosa es que los futbolistas del Huracán Z tengan derecho a jugar, y otra muy distinta que se les compare con Real Madrid.

  Lo peor de todo es que, por desgracia, todo se resume a discusiones sin sentido sobre quienes son los mejores, quienes tienen más devoción, quienes son más leoneses, y un largo etcétera. O, lo que es lo mismo, churras y merinas discutiendo sobre el sexo de los ángeles.

  Y conste que, buena parte de la culpa de que se haya llegado a esta situación no es de las bandas. No. Más bien, al contrario. Somos el resto de colectivos ajenos a la música los que deberíamos preocuparnos un poco más, y no acordarnos de nuestra cofradía de procesión en procesión. Sólo así podríamos saber realmente qué queremos de nuestra Semana Santa y, particularmente, de las bandas.

  Mientras tanto, continuaremos sin ensayar con las bandas, sin conocer sus marchas, sin saber para qué sirve una banda detrás de un paso. Y seguiremos monopolizando las discusiones semanasanteras sin criterio alguno. Da capo. Una verdadera lástima.

Auguro Discordia

Lectura del Acta anterior