Si es de cofradía, no |
Como todos sabemos, en cuanto acaba el verano -incluso antes- de forma paulatina y gradual comienza hacer acto de presencia la lotería de nuestras Cofradías y Hermandades. Todas las penitenciales ponen su esperanza en el sorteo extraordinario de Navidad, no sólo por aspirar al premio máximo sino, más bien, por los beneficios que reporta la venta de lotería. Ingresos, que vienen dados por el recargo incluido en cada participación, cantidad que puede oscilar, aproximadamente, desde 0´30 a 1 € y que se cobra en concepto de donativo. Son unos euros que vienen muy bien a las paupérrimas arcas de las Cofradías. Por este motivo es mucha la gente que, consciente de las penurias de las corporaciones, colabora con éstas, comprando alguna participación con la esperanza de alcanzar algún premio, pero sobretodo con el fin de contribuir económicamente con ese “recargo”. Prueba de esto es que muchas personas solo compran lotería en esta época del año, simplemente por el hecho de colaborar por unos pocos céntimos con la Hermandad de turno. Otros, además adquieren participaciones porque en ellas figura una foto del paso que pujan o de la imagen de la que son devotos, independientemente de que la probabilidad diga que pueden optar a algún premio. Estos papones, posteriormente, guardarán -con sumo cuidado- esas participaciones en su colección de Semana Santa. Hasta aquí todo muy bien. El lado negativo de esta cuestión es todo ese conjunto de personas que suscita el siguiente diálogo: -¿De quién es la lotería? -De la Cofradía tal o cual. -Ah, si es de una Cofradía no me interesa, porque tiene recargo. Es un número importante el de aquellas personas que no compran ni una sola participación de una Cofradía, por el mero hecho del tan traído y llevado recargo. Eso sí, en cuanto llegue el “Viernes de la Morenica” allí estarán a pie de calle para contemplar y deleitarse con el paso de las procesiones. Es gente de procesiones, se entusiasma con ellas y no se pierden una, pero ¡ay!, les cuesta mucho soltar el monedero y contribuir con una limosna que coopere, por ejemplo con esos cortejos penitenciales que tanto les gusta presenciar. A estas personas hay que hacerlas ver que esa ínfima cantidad que se cobra con cada participación va destinada, a buen seguro, a amortizar los gastos que supone salir a la calle en procesión, que no son pocos. Incluso en algunas penitenciales un porcentaje de los ingresos está destinado a obra social. Por lo tanto, no hay que temer por el destino que se de a ese donativo que incluye cada participación que, como en alguna aparece, no es ni más ni menos que para fomentar las procesiones. Podemos concluir, que el recargo está más que justificado y, al fin y al cabo, nadie se arruina por dar un euro o unos céntimos. |
Eduardo Álvarez Aller