Fauna paponil

  Dando por sentado y conocido que cada persona es un mundo (algunas incluso dos o tres), establezcamos de principio que podrían definirse tantas clases de papones como individuos engrosan las listas cofrades, pero entendiendo lo prolijo que tal empeño resultaría, voy a tratar de unificar tan variopinta diversidad en unas pocas categorías, digamos “genéricas”. Vaya por delante que la única pretensión del presente “estudio” (si tal nombre puede dársele) es provocar en los posibles lectores no más que una sonrisa, sin que esté en mi ánimo iniciar controversias ni –muchísimo menos- ofender a nadie: la subsiguiente disertación sólo es el resultado de mis observaciones a lo largo de los años, ora a pie de acera, ora formando parte de los cortejos procesionales, y no pretende, por supuesto, entrar en materias religiosas, morales o éticas, siendo su único y exclusivo objetivo el solaz y divertimento de aquellos que buenamente quieran acceder a esta lectura. A ello vamos:

El papón de raza

  Pertenecen a esta subclase aquellos hermanos que no sólo lo son desde la cuna, sino que conforman, al menos, la tercera o cuarta generación de cofrades. Por lo general, y salvo raras excepciones, son fieles continuadores de las tradiciones de la Semana Santa en general y de su cofradía o hermandad en particular, y suele vérseles actuar a menudo en puestos relevantes de su agrupación pasional (abades, seises…), papel que no sólo asumen durante la Semana Santa , sino que se extiende a lo largo del año en otros actos de la Cofradía, como procesiones del Corpus, Corpus Chico, etc. Su amor hacia la institución a la que pertenecen suele estar fuera de toda duda, aunque podría reprochárseles en algunas ocasiones su exceso de “indiferencia” (directamente catalogada por algunos como menosprecio) hacia el resto de cofradías, especialmente las de nuevo cuño.

El papón "de la secreta"

  Aunque lleva el hábito en el alma, hace años que no desfila con su cofradía por razones diversas, entre las que suelen aducirse la falta de tiempo o el residir habitualmente fuera de nuestra provincia. No obstante, paga religiosamente su cuota anual y suele interesarse frecuentemente por cuanto sucede en torno a la Semana Santa. Dado que, aunque no vista la túnica, mantiene su aportación económica y casi siempre engrosa las filas de espectadores de nuestras procesiones, puede considerársele un papón de pleno derecho, teniendo igualmente en cuenta que no rehuirá ayudar en lo que hiciese falta, tanto de motu proprio como si específicamente fuese requerido para ello.

El papón "peñista"

  Representa la cara más festiva de los papones. Su pertenencia a una cofradía suele estar marcada por el ámbito de influencia de la misma (gremio, barrio…) y su idea de lo que ella constituye es bastante análoga a la que se suele atribuir a las peñas recreativas (de ahí su denominación de “peñista”) o asociaciones lúdicas en general. Se involucra campechanamente en rifas, eventos culturales y/o deportivos, excursiones, etcétera, y hace extensivo este talante jacarandoso también a los actos pasionales. Podría recriminársele, respecto a estos últimos, su falta de decoro y religiosidad o su desconocimiento de ciertas normas litúrgicas a observar, pero no nos engañemos: su existencia es básica para que la mayoría de agrupaciones semanasanteras no se vayan al carajo por “falta de brazos”. Es, si se quiere, un “mal necesario”, una tropa de choque, carne de cañón con la cual engrosar unas filas que, de otro modo, quedarían bastante desangeladas, dado “el galopante laicismo que nos invade”.

El papón "militante"

  También llamado en algunos ambientes “papón extremista”, es aquel cuya militancia en una específica cofradía determina, en su modo de ver, que el resto de agrupaciones pasionales deben ser consideradas, al menos, como “rivales”, cuando no directamente “enemigas”. Suele alardear públicamente de los logros de su colectivo, sean en el terreno que sean, y se alegra, aunque sea un poquito, de los fracasos del resto. “Semos los mejores” suele ser su enseña y blasón, y con frecuencia magnifica en exceso la aportación de su cofradía al lucimiento general de la Semana Santa, dando asimismo por sentado que “sin ellos, no sería lo mismo”. Paradójicamente, no es muy dado a “arrimar el hombro” y no es raro que tenga tendencia a “vampirizar” méritos ajenos, atribuyéndoselos como propios.

El papón "advenedizo"

  Aunque su inscripción en las listas cofrades está reciente en el tiempo, suele aparentar ser un papón “de toda la vida”, y remedar en actitudes, poses y comentarios a los papones “de raza”. Habla con harta frecuencia de lo que no sabe e intenta sentar cátedra cada vez que abre la boca, usando arteramente juicios ajenos como si fueran propios. Se le puede identificar fácilmente porque dice “Santas Martas” (así, en plural, como si se refiriera al pueblo homónimo) cuando quiere aludir a la hermandad propietaria de La Sagrada Cena, y “los negros” cuando se refiere a alguna de las cofradías que tienen a este color como base de su indumentaria, incapaz en su ignorancia de distinguir a Minerva del Dulce Nombre, o a Angustias del Gran Poder. Su proverbial estulticia le lleva a confundir unos Cristos con otros (todos le parecen iguales) y a creer que las diversas Vírgenes bajo palio que integran nuestra semana pasional son, en realidad, una sola imagen que cada cofradía puede “tomar prestada” a su antojo para hacerla desfilar bajo sus guiones.

El papón "manitas"

  Toda congregación semanasantera que se precie ha de tener entre sus filas, al menos, a tres o cuatro de estos sujetos. Lo habitual es que en su vida profesional se desenvuelvan en el terreno de los trabajos manuales (carpintería, forja, albañilería, electricidad…), lo que les dota y les faculta para resolver toda esa serie de problemas logísticos que surgen inevitablemente en el devenir de la vida comunitaria cofrade. Por tanto, ponen a disposición de la cofradía de sus amores su habilidad, su sapiencia y su experiencia, lo cual no siempre es apreciado por el resto de penitentes. Sirven lo mismo para un roto que para un descosido, y se les puede ver solventando diestramente cualquier entuerto: lo mismo te barnizan un trono, que te sueldan un varal o te tapizan unas almohadillas. Su contribución al entramado procesional es enorme, aunque, repito, lo poco “espiritual” de su labor hace que ésta no sea lo suficientemente reputada en su entorno.

El papón "figurón" o "medrador"

  Como fácilmente puede deducirse de tales denominaciones, es aquél que, lejos de aportar algo a la Semana Santa, se sirve de ésta para fines propios que poco o nada tienen que ver con las celebraciones pascuales. Se las arregla para formar parte de la directiva de la cofradía y utiliza tal privilegio como escaparate o –más frecuentemente- trampolín desde el que abordar otros puestos en la vida social o laboral, conseguir contratos o acuerdos, cerrar negocios o trapichear a su antojo en cualquier otro ámbito ajeno (y, a menudo, contrapuesto) al espíritu de la Semana Santa.

El papón "raso"

  Es el “crucífero” de toda la vida, papón de fila que, cruz en ristre, va dando la mano a los niños, papón despreciado por el resto de la grey pasional (a no ser que sea infante de corta edad), ya que su papel se considera no más que un paso previo inicial, ineludible y temporal para llegar a otras funciones de más relumbrón como, por ejemplo, integrante de la banda o bracero. Ni que decir tiene que aquél que no logra superar esta especie de estadio iniciático y se estanca irremisiblemente en las filas es considerado de inmediato como un fracasado por las élites cofrades del lugar; no obstante, la aportación a los cortejos pasionales de esta especie de “infantería” es fundamental y podría decirse, sin riesgo de errar, que sin ellos la puesta en escena de nuestras procesiones carecería de todo sentido.

El papón "innovador" o "creativo"

  Hay que decir que dentro de esta subcategoría podemos hallar especímenes verdaderamente dignos de nuestro elogio por su afán renovador, pero no es menos cierto que la mayoría de estos individuos, sin duda con la mejor de sus intenciones, malogran su tiempo y sus esfuerzos (y, a menudo, el tiempo y los esfuerzos ajenos) en tratar de incorporar a nuestras procesiones modismos, costumbres o rituales importados de otras provincias o regiones y cuya escenificación en nuestras calles resulta tan absurda por inusual como extravagante por ajena. Con frecuencia reinterpretan libremente cualquier texto histórico o bíblico y, basándose en ello, implementan en nuestros cortejos atroces novedades y chabacanerías varias sin preocuparse de que, en cambio, algunas costumbres con raigambre popular leonesa caen tristemente en el olvido sin nadie que vele por su continuidad o rescate.

 

  No se me ocurren, por el momento, más clasificaciones; creo que sin duda reconoceréis en las descripciones antedichas a algún que otro camarada o conocido. Si es así, tened paciencia: todos, con nuestros aciertos y nuestros errores, contribuimos a que la Semana Santa leonesa siga vivita y coleando y, al menos de momento y por unos cuantos días al año dé bastante que hablar.

Carlos García Valverde

Lectura del Acta anterior