Pregonera y Papona

   Dejadme que temple el paso cambiado de esta columna y lo acompase a la danza de las bambalinas de María del Dulce Nombre cuando acarician los balcones del viejo León. Dejadme que le añada una puntadita más de color a la primavera de su manto para que quede constancia. Dejadme que haga repicar de júbilo su campana como nunca podrá sonar un Jueves Santo. Porque han nombrado pregonera a una poeta y papona y de las Marías, a Inés Prada.

   Lo de que sea la primera mujer, la Eva de las pregoneras, además de una señora elegantísima, me da absolutamente lo mismo. Pero, ¿cuántos años hacía que no se asomaba al atril del Lunes de Pregones alguien que reuniese los dos únicos requisitos imprescindibles para tamaña empresa, el de ser poeta y papón a un tiempo?

   Según el dicionario de la Real Academia, un pregón es un "discurso elogioso en que se anuncia al público la celebración de una festividad y se le incita a participar en ella." Y si además se le añade la coletilla de "literario", queda bien claro que el oficiante debe ser capaz de hacer sonar las varas del alma con la horqueta de su verbo para que el paso de la emoción vaya de frente y por derecho, como andan los braceros buenos. Pues un pregón no es una homilía, ni una conferencia cuaresmal, ni un acto religioso, ni una clase de historia del arte cofradiero o de la otra, no por conocidas ambas menos falsas. Ni, por supuesto, el foro adecuado para lanzar diatribas contra nada ni contra nadie, aunque sean merecidas. Un pregón ha de ser un canto apasionado de aquello que se siente y, en consecuencia, se conoce, un anuncio a los cuatro vientos del gozo que se avecina.

   Parece que, por fortuna, pasaron ya los tiempos -aún bien cercanos- de los pregoneros "cuneros", quienes, sin haberla vivido jamás, sabían de la Semana Santa de León, en el mejor de los casos, lo que les contaban cuatro papeles enviados por la Junta Mayor contratante. Como aquel intrépido orador de esta estirpe -astorgano él para más INRI- que osó calificar al Cristo de los Balderas como "el prodigioso yacente de Gregorio Fernández". O como mi admirado don Gregorio Peces-Barba, que nos coló una clase de Filosofía del Derecho que no se la saltaba ni un gitano de Armunia. O como tantas y tantas homilías intragables que hemos tenido que soportar a tonsurados de mayor o menor postín (hasta dos veces dos, al anterior ocupante de la sede de San Froilán, que en gloria esté).

   Tres días antes que doña Inés Prada habré tenido el honor, si Dios quiere, de pregonar la Semana Santa -la nuestra, la suya- a los leoneses de la diáspora madrileña con toda la pasión inmoderada de que sea capaz. Espero que mi humilde pregón sea tan sólo el banderín que abra paso a la música de palio de su palabra. Si al fin suena en el alma de León -porque sabe y puede-, María Santísima del Dulce Nombre se lo premiará con su mirada de chiquilla el próximo Jueves Santo. Y si no, se lo demandaremos.


Lectura del Acta anterior