Salí la mañana de Corpus a respirar ese aire sureño con que se perfuma León en junio sin creérselo del todo, como si le pareciese una sevillanización intolerable oler al mismo rosal desmadrado y a la misma yedra y a la misma acacia que el Parque de María Luisa. Y en ese goce sensual y solitario -casi pecaminoso- de calles viejas me encontraba cuando fui a desembocar al páramo de adoquines baratos de la Plaza de la Catedral en busca de la procesión del Corpus. Allí sí que había plantado sus cuarteles Al-Ándalus con todas las de la ley. Se diría que hasta el propio Almanzor había decidido acampar de nuevo en la ciudad que arrasara hace mil años, pues las haimas se desplegaban con esplendor califal ante los anonadados ojos góticos de la Pulchra, que a duras penas asomaba sobre las puntiagudas cúpulas del campamento. Arte gótico y musulmán en la misma plaza. Dios y Alá hermanados por obra y gracia del Ayuntamiento. Y en plena senda jacobea. Y con la procesión del Corpus en danza. ¿Se puede pedir más en estos tiempos de mestizaje?
Disfrutaba yo de semejante sincretismo cultural a lo cazurro cuando vi llegar precediendo a la custodia de su Divina Majestad, envuelta en los sones macarenos de Abel Moreno, una furgoneta cargada de altavoces que amenazaban con lanzar de un momento a otro la más impecablemente litúrgica de las jaculatorias: "tengo melones, oiga, qué melones, bendecidos por el Obispo". Pensé para mis adentros que seguramente la Iglesia pobre de Cristo necesitaba dar salida a los productos de las extensas huertas recalificadas que han valido a su promotor el apelativo de "don Ladrillo", por su empeño en resolver de un hisopazo el problema de la vivienda en León.
Hallándome sumido en tan enjundiosas cavilaciones teológicas, fui a darme de bruces por la calle Ancha con Carmen la Cigarrera, que venía bailando por bulerías y dejando mecer su vestido rojo al son de ese cálido viento del Guadalquivir que sopla por las cornetas de la Banda de la Victoria. Y el Corpus se vino arriba. Y entre Sevilla y León se derramó el frasco de las esencias. Y las Penas de Al-Ándalus, como las mías, se volvieron puro gozo: Victoria del tambor y la corneta, Victoria del tesón sobre la holganza, Victoria que bien sabe de añoranzas por amar a la tierra que la veta.
Victoria de León sobre sí mismo, Victoria que en el tiempo se agiganta liándonos un nudo en la garganta cuando un solo se eleva al virtuosismo.
Victoria que a dos hombros siempre espero, que el Sábado Jesús llega triunfante y olvida los andares de bracero.
Y su toque flamenco se hace cante soñando que mi Cristo es trianero y arranca con la izquierda por delante.
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