Mis cabañuelas de Agosto

   En este desierto cofradiero que es el verano leonés me dedico a observar las cabañuelas del pasado para escudriñar el futuro y me doy cuenta de que a esta Semana Santa nuestra le falta algo. Quizá es que va uno haciéndose viejo y ya casi nada le impresiona. Pero yo dejé mis alforjas de la emoción sin llenar, y el año es muy largo, y la costra que la ceniza de la rutina posa sobre nuestros corazones es cada vez más espesa.

   A esta Semana Santa nuestra le sobra chatarra y le falta orfebrería de emoción, gusto por el detalle pequeño, por el paso bien llevado, por el giro bien dado, por el manto bien dispuesto sobre el pollero, por la música bien tocada y en su momento, por la palabra bien dicha, por la medida justa.

   A esta Semana Santa nuestra le falta saber hacer sublime lo sencillo, saber huir de lo programado para encontrarse en cualquier calleja con el aleteo de la belleza, saber que cada esquina puede ser irrepetible.

   A esta Semana Santa nuestra le sobran pasos y viacrucis y procesiones y cofradías. Y le falta empaque y criterios estéticos propios en los que mirarse y voluntad para imponérselos y afición para mejorarlos.

   A esta Semana Santa nuestra le sobran braceritos de pitiminí con hombros de mantequilla, túnica de pereza y capillo de ignorancia. Y le faltan hombres y mujeres de puja que sueñen todo el año con morirse lentamente al son de una marcha bajo su paso, con el valor incalculable de un redoble acompasado con la izquierda, con clavar cada levantada, con la delicadeza del andar de nuestras cantaderas más que con la cazurra pesadez de los bueyes de los carros engalanados.

   A esta Semana Santa nuestra le faltan gestores públicos y privados que abandonen el peloteo mutuo y miren más allá de su capirote, de las próximas elecciones e, incluso, de su generación, que sepan tomar prestado de Salamanca sin ir más lejos (sí, de Salamanca) lo que su naturaleza no les da (qué envidia de Convenio Junta de Semana Santa-Ayuntamiento, hermanos), que aprendan que un Museo no es un lujo y que un palacio en ruinas es símbolo de barbarie, que acierten a buscar fuentes de financiación alternativas al presupuesto municipal, la lotería y el bolsillo de los de siempre.

   Pero lo peor de todo es que a esta Semana Santa nuestra le falta fe. Fe en sí misma, fe en que la mediocridad no es el sino permanente de esta tierra que, como dijo Gamoneda, nació sin alas. Ojalá las cabañuelas de este agosto se equivoquen. Pero creo que amenaza aún más lluvia.


Lectura del Acta anterior