Los tambores de la Candamia

   Un año más los tambores han vuelto a la Candamia. No sé deciros de dónde vienen. Parece como si llegasen desde algún lugar secreto, desde la misma catacumba donde se esconde la sensibilidad para no sufrir las miradas procaces del verano, y reaparecen aquí o allá orgullosos, inasequibles al desaliento, para estrellar cada anochecida su voz ronca de siglos contra los morenos altozanos que devuelven a León cada uno de sus sonidos.

   Como cada septiembre, se ha obrado el milagro de los tambores que empiezan a lanzar su interminable bando durante meses convocando a diez días de gozos fugaces. Cuando veo a Jesús o a Pepe o a María con su tambor a cuestas cruzando cada día una Ciudad indiferente -cuando no hostil- a la importancia redentora de su arte en estos tiempos utilitaristas, me doy cuenta de que sus redobles son el auténtico Pregón de la Semana Santa, un Pregón que sólo termina con el "he dicho" de la víspera de un Viernes de Dolores.

   Admiro a los tambores porque tienen además la grandeza de lo humilde. Su esfuerzo de inviernos a la intemperie no se materializa en solos aclamados por la Plaza Mayor ni en filigranas de viento salidas de refulgentes instrumentos. El tambor es anónimo. Y, aunque últimamente parece querer gustarse más y demostrar que también tiene su corazoncito, sabe que siempre será banderillero en esa cuadrilla de soñadores que es una banda.

   Entre las pequeñas cosas que me sirven para medir la vida está sin duda el lejano rumor de su despertar por estas fechas, cuando el otoño se quiere vestir de primavera y la Cruz perfuma las iglesias de Cuaresma incierta. Doy gracias a Dios porque un año más, desde mil sitios, el aire de septiembre ha vuelto a traerme el eco de los tambores de la Candamia.


Lectura del Acta anterior