En esto de la Semana Santa está todo inventado. Y los ardides para que las cofradías ganen dinero con ella, también. Sin embargo, en esta tierra de Vírgenes pobrinas seguimos aferrados a las tradicionales vías de financiación de nuestras soberbias, a saber: la lotería navideña del "aquitepilloaquitemato" y el sufrido bolsillo del papón, alanceado por cuotas extraordinarias cada dos por tres para tapar el agujero dejado por el último capricho abacial.
Uno de los dispositivos más ingeniosos diseñados para allegar parné a las arcas de las corporaciones artífices de esta fiesta es el alquiler de sillas en carreras oficiales o en determinados puntos del itinerario de las procesiones. Por este concepto se levantan a costal cada año las cofradías de Sevilla bastante más de un kilo por paso. Y son cincuenta y siete.
Ya sé que el siglo largo de retraso que llevamos respecto de la Madre y Maestra, la menor escala de nuestra celebración y las peculiaridades de nuestros sacrosantos recorridos no nos permitirían ser tan optimistas, pero si se lograse hacer de las sillas -aun sin carrera oficial- un evento social codiciado envuelto en damascos y reposteros, con venta de entradas y abonos a través de la futura web de la Junta Mayor, el parné llegaría a espuertas.
Sé también que los defensores de la pureza de tradiciones presuntamente antañonas se rasgarán la túnica, ignorantes de que en León ya hubo sillas allá por los años cincuenta. Pero reconozcamos que los cazurros somos los japoneses del mundo cofradiero: no en vano se nos denomina en algunas guías turísticas la "Sevilla del norte". Muchas de nuestras supuestas "tradiciones" no tienen más de diez o quince años, y casi ninguna más de cincuenta. Y es que, si fuésemos puramente tradicionales, volveríamos a sanjuanín y a la parihuela.
Con esto de las sillas nacería además en León uno de los más nobles oficios relacionados con la Semana Santa: el de sillero. Claro, que en una Ciudad tan gustosa de recubrir sus propias pobrezas con afeites de apariencia, a lo mejor no se encontraría a nadie interesado en ejercer de tal y habría que importar a gentes de arte como aquel que en plena Madrugá, delante de este bracero, le espetó a Alberto Gallardo, capataz del pasopalio de los Gitanos: "No vayáis a pararse ahí, que tengo que recoger las sillas pa irme pa Triana con mi Esperanza".
Y además en las calles con sillas olería a enea. Y los braceros saldrían de su modorra habitual. Y la Ciudad se contemplaría mejor a sí misma, que en el fondo es lo que más le gusta. Y, sobre todo, Junta Mayor y cofradías seguirían siendo independientes. Porque quien paga manda.
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