Papones en Sevilla

   Dice mi amigo Diego, que este año cumplió sus primeros cincuenta años de nazareno de los Gitanos, la cofradía que más bronce lleva bajo el oro, que la Semana Santa de Sevilla se está leonesizando. Y no dice “castellanizando” por no molestar y porque sabe que la Semana Santa de León mantiene ese difícil equilibrio entre lo fúnebre y lo festivo, entre lo esplendoroso y lo cutre, perdón sobrio, que la hacen única en el orbe cofradiero. Y no se refiere a que San Gonzalo venga con la izquierda por delante desde su barrio León acordándose una miajita del trono del Nazareno, o a que precisamente la Señora de la Salud lleve a la Virgen del Camino en el pie de uno de sus varales, o a que el manto isabelino de Montserrat vaya salpicado de leones y castillos que allí no se pelean, o a que el Cristo de Burgos sea clavadito al del trascoro de la Pulchra, o a que San Isidoro esté por todas partes sin estar (le sigo diciendo que no a un trueque a pelo entre Guzmán y el Doctor de las Españas), o a que te puedas encontrar en cualquier templo o taberna a media banda de la Victoria o a una bandada de leoneses, o a que bajo tal o cual túnica de cofradía de ruán o de barrio, del Amor, de la Macarena, de la Amargura, de las Siete Palabras o de tantas otras pueda haber un exiliado pidiendo la venia en el palquillo con su hablar cantarín preñado de horrísonas jotas y zetas.

   Diego dice, con ese deje suyo de sevillano exquisito, que su Semana Santa se está leonesizando porque ahora todas las cofradías, hasta las más bullangueras de antaño, van de serias. Dice que conoció de niño a la Mortaja con música y zumba de barrio alrededor cuando estaba en Santa Marina. O a la Estrella con la delantera del palio vuelta sobre el techo de tanto bailar por alegrías sobre el cuello de la gente del puerto. Dice que la Macarena no era lo que hoy es cuando estaba en San Gil. Y se lamenta de la tendencia uniformadora de las cofradías en pos de una seriedad mal entendida que amenaza con poner en peligro los contrastes tan enriquecedores que todavía atesora la Semana Santa de Sevilla. Y se ríe cuando le digo que en León se nos acusa de todo lo contrario, de querer sevillanizar lo nuestro, y que la cosa no es de ahora, que todo comenzó hace más de cincuenta años, cuando un tal Víctor de los Ríos le puso trono y candelabros dorados al Nazareno, y que cada vez somos más los cazurros que, dándonos ya por vencidos, regamos de cera la Campana, atraídos por un no sé qué inexplicable y familiar.

   Se lo digo matando un judío en plena calle Orfila, con limonada de la buena. De pronto salta por nuestra conversación el leonés más conocido allende nuestras fronteras, excepción hecha de su discípulo y ahora Presidente. Y Diego, celoso guardián de la Sevilla eterna, se pone serio, me mira fijamente y me espeta: “¡Ni se te ocurra acercarte a la muralla!”.



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