| La poesía leonesa de Semana Santa |
Quizás sea porque, fuera de los estrechos límites temporales de su celebración, la Semana Santa no interesa en León más que a cuatro chalados, pero lo cierto es que la poesía cofrade, lejos de constituir un auténtico género literario, como ocurre en otras tierras, en estos páramos nuestros no ha pasado de ser un remiendo de emergencia con que, las más de las veces mediocremente, se rellenan los huecos de las revistillas y hojas volanderas editadas por las Cofradías. La literatura -y, en particular, la poesía- es, con mucho, el arte relacionado con la Pasión que menor cultivo ha conocido entre los leoneses. Ni un solo libro de versos de Semana Santa en quinientos años. Ni de prosa poética o relatos siquiera. Me atrevo a decir que la Semana Santa de León nunca ha tenido quién la cante. Aquí nunca hubo un Rodríguez Buzón o un Florencio Quintero o un Caro Romero. Los escritores leoneses han tocado siempre de refilón el tema semanasantero, si bien existen poemas aislados que deberían figurar enmarcados en nuestras calles, como raras joyas. En verdad os digo que “Aquella Virgen de la calle” , dedicado por el Maestro Victoriano Crémer a Nuestra Señora del Mercado e incluido en su libro “Nuevos Cantos de Vida y Esperanza” (1952), es el mejor poema leonés de Semana Santa que se haya escrito y que bien merecería ser retablo cerámico en plena Calle Herreros. Muy cerca, el “Dios extendido, longitud sagrada” de Antonio Gamoneda ( “Pasión de la Mirada” , 1963-70). En un tono más popular, me parecen entrañables los poemas de Máximo Cayón Waldaliso dedicados a la Dolorosa y a la Ronda. Y, por supuesto, la visión de la Noche de Jueves Santo en la voz aguardentosa de Francisco Pérez Herrero, desgranada en sus romances genarianos, gracias a cuya estela los más destacados escritores leoneses nos han legado, en forma de Encíclicas apócrifas que están pidiendo a gritos su publicación, las más variadas contemplaciones de la Noche más mágica del año. Y, salvo honrosos ejemplos aislados, pare usted de contar. Los escasos amantes de la poesía cofrade que habitamos en León nos sentimos demasiado solos. Porque, como diría Pereira, “Y qué valiera todo cuanto amo |