| Lorca y la Semana Santa |
Setenta años en los que se ha escrito de todo sobre Federico. Sin embargo, existe un aspecto de su vida y su obra que, según creo, no ha sido nunca tratado por los numerosísimos estudiosos que se han acercado a su poliédrica figura: la relación de Lorca con la Semana Santa. Con la brevedad que requiere un artículo volandero, me atrevo a aventurar un tenue esbozo del tema con dos trazos fundamentales: la Semana Santa en la obra del poeta y, por otro lado, dos coincidencias, una gozosa y otra fatídica, entre personas estrechamente ligadas a la Semana Santa y Federico. Ya en su primer libro, “Impresiones y paisajes” (1918), en el cuadro titulado “Semana Santa en Granada”, Lorca hizo de horquetero en uno de sus fragmentos para meterse con lo que no le gustaba: “Yo pediría a mis paisanos que restauraran aquella Semana Santa vieja, y escondieran por buen gusto ese horripilante paso de la Santa Cena y no profanaran la Alhambra, que no es ni será jamás cristiana, con tatachín de procesiones, donde lo que creen buen gusto es cursilería, y que sólo sirven para que la muchedumbre quiebre laureles, pise violetas y se orinen a cientos sobre los ilustres muros de la poesía. Granada debe conservar para ella y para el viajero su Semana Santa interior; tan interior y tan silenciosa que yo recuerdo que el aire de la vega entraba, asombrado, por la calle de la Gracia y llegaba sin encontrar ruido ni canto hasta la fuente de la plaza Nueva.” Más conocido es el capítulo de su libro “Poema del cante jondo” (publicado en 1931 pero escrito casi en su totalidad diez años antes) titulado “Poema de la saeta”, formado por ocho composiciones e inspirado en la contemplación de la Semana Santa de Sevilla que Federico había presenciado con su hermano Francisco y con don Manuel de Falla en 1921. Nunca nadie ha captado mejor el ambiente de la fiesta con rasgos más estilizados ni mayor economía descriptiva. En el poema “Procesión” el poeta aporta una visión casi mitológica de los nazarenos sevillanos, trasladable a los leoneses que llevamos capirote: “Por la calleja vienen extraños unicornios. ¿De qué campo, de qué bosque mitológico? Más cerca, ya parecen astrónomos. Fantásticos Merlines y el Ecce Homo, Durandarte encantado. Orlando furioso.” Y en el poema “Paso” Lorca inaugura una de las metáforas que más juego han dado a los pregoneros: la del paso de palio como barco que navega entre las aceras: “Virgen con miriñaque, Virgen de la Soledad, abierta como un inmenso tulipán. En tu barco de luces vas por la alta marea de la ciudad, entre saetas turbias y estrellas de cristal. Virgen con miriñaque Tú vas por el río de la calle, ¡hasta el mar!” En la vida y en la muerte de Federico hay evidentes rasgos semanasanteros. Su muerte merecería ser representada con las cornetas y tambores más trágicos. Y el máximo responsable de la misma, quien ordenó a José Valdés Guzmán, Pilatos de Lorca y a la sazón gobernador de Granada, sacrificar al genio fue un presunto macareno de pro enterrado para más inri en la propia Basílica de la Señora de Sevilla junto a su sufrida y mil veces traicionada esposa: el inefable general Queipo de Llano. Por este y por el resto de sus execrables crímenes contra la humanidad, creo que la Macarena no debería salir ni una Madrugá más por Sevilla con el fajín de semejante carnicero, que en vida se apropió de la Sagrada Imagen para los fines políticos de los golpistas. Y es que hay cosas que en Triana no pasarían. Otro personaje semanasantero, en las antípodas del anterior, que tuvo relación con Federico al ser su cicerone por León con ocasión de su visita a la ciudad en 1933 al frente de su grupo de teatro “La Barraca”, fue Francisco Pérez Herrero, también poeta, rendido lorquiano y creador del mito de Genarín. Sólo la habilidad de Pérez Herrero para escribir versos a la novia de un sargento de San Marcos evitó que ambos poetas compartiesen destino tres años después. Lorca ya había visitado León en 1916 y 1917, en su viaje universitario con algunos compañeros y el catedrático don Martín Domínguez Berrueta, hermano de don Mariano, quien llegara a ser Cronista Oficial de la Ciudad. Pero en su tercera y última visita un Lorca ya famoso fue entrevistado por Pérez Herrero para el Diario “La Mañana” y guiado en un largo paseo por los vericuetos de ese León eterno que está a punto de desaparecer y en el que, entre grandes carcajadas, Federico conoció de los labios del padre literario del personaje las andanzas, milagros y la trágica muerte del santo pellejero en la mañana del Jueves Santo de 1929. Parece que el ilustre visitante llegó a decir con su habitual grandilocuencia andaluza que Genarín era la sublimación del surrealismo y de la picaresca hispánicos. Lo que sí dijo en su entrevista es que “el artista es el que oye las tres voces: la de la muerte, con todos sus presagios, la voz del amor y la voz del arte.” Como los buenos cofrades. |