| El vendedor de incienso |
Aquel hombre era la viva imagen del “beatus ille” de Horacio. Ni envidiado ni envidioso, que diría Fray Luis, perfumaba de abriles el aire de otoño mientras resolvía el crucigrama del día del ABC. Ni los monjes budistas con su nirvana ni los estoicos cordobeses ni las mismas carbajalas en su encierro perpetuo estuvieron nunca más cerca de la serenidad suprema que este hombre que vive de vender humo. Viéndole me sentí como un atajador de la felicidad en esta procesión bufa de la sociedad de consumo. Y admiré su valentía, porque para vivir de vender incienso por las calles hay que estar dispuesto a renunciar a lo que no sea necesario, que es casi todo. Quizás sólo en Sevilla se entienda la vida como lo hace este hombre. Por eso se vende incienso por las calles en noviembre y se les escapan los Cristos y las Vírgenes por las puertas de las iglesias. Porque en Sevilla se comprende lo efímero de la existencia, que se refleja en sus altares de Corpus o en su Feria de Abril (miles de metros cuadrados valiosísimos libres de especulación para instalar la más compleja ciudad efímera del placer durante una semana al año). Aquí estamos demasiado ocupados en nuestras miserias cotidianas, en la utilidad de cuanto nos rodea. De ahí que en León no haya vendedores callejeros de incienso ni sepamos hacer fiestas. Nos hubieran hecho falta media docena de siglos más de Islam para que, alejados del calvinismo imperante, pudiésemos enfocar la vida hacia lo que verdaderamente importa: el amor y un buen paso de palio. |