| El milagro de la Morenica |
Aquí arriba, entre las sombras del coro, no corremos peligro de ser descubiertos. En medio de un silencio mágico y expectante uno de sus braceros se encarama al altar. Por unos segundos tiene el inmenso honor de estar al lado de la Diosa y se queda inmóvil, balbuceando a duras penas un Ave María, como sin atreverse a tocar la eternidad. Cuando sus manos temblorosas se sujetan a la peana de la Virgen, sus compañeros de milagro suben hasta ese cielo de madera y comienzan la arriesgada y respetuosa maniobra de su descendimiento, hasta depositar dulcemente a la Reina sobre su trono pobrecico, pues Ella nunca quiso oropeles para que su dolor de Madre apareciese aún más puro, para poder decirnos con verdad: “Atended y ved si hay dolor como mi dolor”. Un año más la Señora de la Pasión Leonesa ha bajado a su tierra, sin corona ni joyas ni manto ni toca, como una de esas mujerinas arrecidas de penas que la acompañan en la más cabal representación que del dolor de las leonesas pueda verse, agrupadas en interminables hileras, enlutadas unas y escarnecidas de rezos todas, bisbiseando letanías indescifrables y con los rostros del color de la cera que les arde entre los dedos. Son las anovenarias, las ofrecidas por esos hijos machacados por la droga o el paro, por ese marido prejubilado y desterrado al bar de la esquina. Ellas, hermano lector, son las dolorosas del León del siglo XXI y el testimonio de fe más verdadero de toda la Semana Santa. Tras ellas, como una anovenaria más, caminará la Virgen del Mercado, morenica del frío leonés, sin lágrimas ni bisuterías, pobrina de advocaciones y antigua de dolores ancestrales, dejando su estela de penas sobre un río caliente que ciñe a la Ciudad el talle. En este preciso momento, con Ella sobre su paso, ha comenzado la Semana Santa. Ya podemos salir de nuestro escondrijo. Poco a poco al templo van llegando grupos de papones con un brillo especial en la mirada, parroquianos y leoneses amantes de las tradiciones impacientes por ver cómo visten a la Señora para que mañana salga a recibir el amor de su Ciudad, cuando el atardecer se haga de limonada y el aire sea de bronce con el toque de campanas. Ya bien entrada la noche, la Virgen ha quedado dispuesta para su gran día. Nos hacen salir de la iglesia para dejarla descansar, aunque todos sabemos que Ella también está impaciente por verse rodeada de sus hijos. Al salir, casi todos echamos una mirada furtiva a la tablilla que cuelga a un lado del portal, antes de atravesar el nártex presidido por la misteriosa Virgen de la Victoria, abuela de la Amargura de Minerva, y por el insólito barco del Conde de Rebolledo, desarbolado ya por la tempestad de los siglos. En la tabla se narra uno de sus milagros, ocurrido tal noche como esta en 1734. Por entonces la Virgen ya era morena y vieja, y a la imagen de Nuestro Señor le faltaban tres dedos en su mano derecha “de inmemorial tiempo” . Pero al día siguiente, al abrir la iglesia, el párroco comprobó que los tres dedos habían sido milagrosamente repuestos sin señal alguna de ensamblaje o unión. No habiendo más llave del templo que la suya ni trazas de que alguien hubiese podido acceder al interior durante la noche por otros medios, puso el hecho en conocimiento del Provisor de la diócesis, quien, asistido por todos los maestros y doctores de la Ciudad, no pudo menos que declarar el prodigio, cuyas diligencias pasaron a testimonio de Manuel Carnero Serrano, Notario Mayor de la Audiencia. Por eso, cada noche de víspera todos nos vamos con la extraña sensación de que algo maravilloso puede ocurrir. Y dicen que también por eso cada mañana de Viernes de Dolores el sacristán se asoma precavido antes de abrir la puerta a los feligreses. Sólo nos queda, hermano lector, soñar con el primer gozo, ansiosos por saborear los frutos primigenios del árbol que más hondas raíces tiene en esta tierra, deseosos de embriagarnos de los placeres eternos de la primera luna de Nisán. Nada existe ya sino la Semana Santa. Ni el tiempo, ni la Ciudad, ni la vida son los que hasta hoy eran y nadie sabe cuándo volverán a serlo, porque nadie sabe cuándo llegará el Domingo de Pascua. Sólo importa la realización de los anhelos largamente fermentados, la renovación de los compromisos con la propia sangre y dejarse arrastrar por el cauce tumultuoso de la belleza desatada. Un año más Ella ha hecho el milagro. Emprendamos el itinerario de la dicha. |