| Umbral no "procesionaba" |
Entre mis papeles guardo el contrato de arrendamiento del piso que ocupó Umbral –Francisco Pérez Martínez- durante su estancia en León, que acompaña a estas líneas. Quizá por ello, ahora y en la hora de su muerte, me he sentido obligado a recordar en este foro su insólita defensa del léxico cofradiero y, por ende, del español, en una columna que publicó en el Diario El Mundo el 1 de abril de 2002, en la que abomina del verbo “procesionar”, neologismo intragable que ha tenido especial éxito en nuestras tierras, donde ha llegado a introducirse -y grabarse- en algún poema. El único Premio Cervantes que ha tenido el privilegio de escribir sobre Casa Benito lo denunciaba como sigue: “ La Semana Santa , que es un eterno retorno de lo mismo a lo mismo, nos ha traído este año unas novedades periodísticas y culturales muy a tener en cuenta. Así, donde siempre se dijo procesión, desfile o desfile procesional, este año hemos oído miles de veces a todos los locutores de todas las televisiones un verbo nuevo, un infinitivo sin belleza ni siquiera audacia. Lo que han hecho este año los fieles españoles, con capuchón o mantilla, no es desfilar ni repicar ni andar en la procesión, sino «procesionar». El verbo es nuevo y feo, de origen elemental y ni siquiera incorrecto, pues ahí está la oruga procesionaria. El católico español ya no desfila ni pasea un santo ni porta una virgen. A partir de ahora, sencillamente, «procesiona». Si se fabricasen así los verbos, la literatura, sería más cómodo, pero sería un asco. A algún locutor genial se le ha ocurrido. Verán qué fácil. De pasión, pasionar. De sensación, sensacionar. De camión, camionar. De León, leonar. Pero yo he vivido en León y les aseguro a ustedes que allí la gente no se dedica a leonar, sino a pasear por la calle Ordoño y a comportarse (...)” . El mejor pregonero que hayan tenido nunca las tabernas leonesas –inolvidables sus aguafuertes, recuperados por La Crónica no hace mucho, aunque de forma incompleta- inmortalizó a los cofrades que iban a ponerse tibios los días de procesión a Casa Flórez, en la calle Serranos, donde les servía una tabernera de “grandes ojos dolorosos, como los de la Virgen que sacan en procesión los papones que aquí se meriendan por Pascua”. Habiendo leído su “Crónica de las Tabernas Leonesas”, se da uno cuenta de lo dura e inhóspita que puede ser esta Ciudad con quien más la ama. Umbral ejerció entre nosotros, según dijo en su despedida radiofónica, como “apasionado de todo lo leonés y de todo leonesismo”. Y reconoció que “dentro del amor puede equivocarse uno, mas no por eso deja de amar”. En realidad, Umbral tuvo que irse por mostrarle a León un retrato de sí misma, por ponerla cara a cara con su verdadero ser, con sus vergüenzas al aire. El problema de Umbral es que no “procesionaba” detrás de nadie. |