| ¡Ese repeluco palante! |
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Para
Manolo, segundo patero derecho
Desemboqué desde una calleja lateral con el corazón en la garganta, tras vencer barreras y kilómetros, por miedo a no haber podido llegar a tiempo a nuestra cita, pero allí estaba Ella detenida, como esperándome, inexplicablemente retrasada en su horario, demostrando que está por encima de los límites que ponemos los hombres al gozo. Me planté ante su paso y, tras los golpes de martillo, justo después de que el capataz dedicase la levantá a las madres de sus costaleros por haber tenido el arte de parirles trianeros, de lo profundo de las trabajaderas salió la más perfecta definición de lo que un cofrade debe sentir bajo un paso: “¡Ese repeluco palante!” Con sólo tres palabras saltaron por los aires la Gramática, la Retórica, la Lógica y hasta la Teología. Lo que aquel costalero resumió en tres palabras no cabe ni en el Archivo de Indias. Para aquel hombre no importaban las horas de oscuridad, calor y peso sobre su cuello. Sólo el escalofrío de hacer andar a su Virgen al ritmo de su corazón, sin que se moviese una bambalina. Su estado era como el de un torero que, con la cornada en el muslo, sigue embebido en su danza. No le importaba nada más. No se quejaba ni quería que acabase su sufrimiento. Oyendo a ese costalero no pude menos que envidiar
a su cuadrilla y desear que un día en León, bajo alguno
de mis dos pasos, transgrediendo absurdos votos de silencio imposibles
de cumplir en la puja, acallando quejas de señoritingo por
lo larga que es la procesión o lo pesada que es esta marcha,
se alze una voz que me diga: “¡Ese repeluco palante!”. |