Había nacido papón, y yo no lo sabía.
Tampoco lo sabían mis padres, ni mis familiares, pero algo se debió torcer cuando tras superar el pánico que me generaban las enlutadas sombras que recorrían León en la Semana Mayor, insistía en ver los cortejos una y otra vez. Dicen que del amor al odio hay un paso, y así debe ser, porque sin tradición familiar ni atisbos varios, me sentía profundamente atraído por la Semana Santa leonesa, por los papones, sus procesiones, sus pasos, su música... Pero seguía sin saberlo.
Recuerdo aquellas tardes pre-primaverales cuando asistía a clases de solfeo en el conservatorio, las muecas de descontento en mi rostro cuando mi profesora, empeñada en hacernos comprender como se transportaba de una tonalidad a otra, o el orden de sostenidos y bemoles, cerraba las ventanas cuando unos muchachos empezaban a hacer sonar sus estridentes cornetas al redoble de los tambores. Y encima se permitía justificar su comportamiento aludiendo que aquello era ruido, ¡pero en que cabeza cabe!
Quizás fue ahí cuando me empece a dar cuenta que yo había nacido papón, aunque de momento solo fuera un "papón de acera"
Recuerdo también, cuando una vez por fin me atreví a cruzar aquellos cincuenta metros escasos que separaban el conservatorio de uno de los focos principales de la Semana Santa -Santa Nonia- para pedir una hoja de inscripción a una de las cofradías allí establecidas, y la desilusión de ver como aquel formulario dormía el sueño de los justos, tal vez porque mis padres pensaban que era el capricho de un niño de 11 años y que ya pasaría, y acabó en un trabajo de religión sobre nuestra Semana Santa, pero desde entonces no tenía ya ninguna duda, había nacido papón, sin túnica, sin cofradía, pero estoy seguro que era más papón que muchos que ya disfrutaban de ese privilegio, pero que solo se acercaban a sus cofradías el día de sus procesiones, ¡Que envidia!
Recuerdo también que, como diría el difunto Luis Pastrana, me convertí en un "atajador" nato, buscando en cada procesión sus rincones más bonitos, más íntimos, aquellos que me decían algo, y como casi casi conseguía emular a San Pedro Regalado, estando en dos sitios prácticamente a la vez, viendo y disfrutando cada cortejo, una y otra vez, sin cansarme y sin ganas de que acabase, y como, cuando mis amigos no eran capaces de seguirme el ritmo, o les parecía aburrido esta extraña afición mía, no me importaba dejarles en cualquier bar mientras me seguía deleitando con el aroma de los inciensos, el colorido de las flores, la emoción contenida de las imágenes, el sentimiento del bracero...
Muchos eran los síntomas, y tarde o temprano había que darle cura al enfermo, la excusa,... esa me la proporcionó mi amigo Alvaro (Cuco, este será el primer Viernes Santo en el que no pueda ver tu sonrisa cuando acabemos muestra procesión).
Todavía mantengo fresca la emoción de la primera vez que vestí una túnica, mi primera procesión, mi primera puja en ese paso de palio que acapara todas las miradas (gracias Luis), mis primeras flores...
Estamos a las puertas de una nueva Semana Santa, cargada de ilusiones, de trabajo, de reencuentro con los amigos. Una nueva Semana Santa donde caben todos, papones, papones de acera, espectadores, bandas de música, una nueva Semana Santa en León.
Había nacido papón, y aunque tarde, creo que ya todos lo saben.
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