El 7 de septiembre será tan gris como un jueves cualquiera, aunque sea martes, tan insípido como uno de esos días tristes y opacos que uno omite en su biografía.
El 7 de septiembre es (ha sido o será) un día sin más, sin efemérides que celebrar. Pero aún así, y sin publicidad de vuelta al cole y tantos por cientos de descuento, es un día en el que ya se respira ligeramente ese anhelado incienso.
La mayoría de las bandas ya han comenzado sus cuentas atrás que desemboquen en una Semana Santa precoz, más próxima a carnavales que nunca, donde se confunda el Día del Padre con la Muerte del Hijo.
Una Semana Santa cargada de ilusiones renovadas, novedades suculentas que tras don Carnal se irán desgajando como margaritas, me gusta, no me gusta, cuando reine doña Cuaresma. Una Semana Santa prematura que finalizará sin que Marte halla abandonado su mes.
El 7 de septiembre, sin que nada destacable ocurra, es la antesala de las tomas de posesiones por antonomasia, donde comienzan a prepararse abadías, proyectos, trabajos,... Antesala de cultos y celebraciones, de recordar procesiones pasadas del día de la Cruz, de...
Sin que nada halla cambiado a simple vista, el 7 de septiembre es un día anónimo, tan impersonal que por ello merece la pena destacarlo en el calendario.
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