Abrazado a la tristeza

He salido a la calle
abrazado a la tristeza
Adolfo Cabrales

    Estamos ya metidos en la vorágine semana santera, casi sin darnos cuenta, otro año ha pasado, y sigue la tristeza apoderada de mi alma, mientras observo, desde la atalaya de mi voluntarioso retiro, con envidia malsana a los “papones” de un día al año.

   Digo y afirmo que con envidia, por qué a mí me gustaría ser como ellos, que las cosas me afectasen mucho menos de lo que lo hacen, que no me preocupe, mi altere mi estado de ánimo si se disuelve tal o cual banda, o si fundan o refundan otra, alejar mis sentimientos de vivencias y amigos, y poder asistir, como un entusiasta de la Semana Santa, a los diversos conciertos que se organizan en estas fechas, y poder aplaudir a rabiar, sin fijarme ni atender a la música de cornetas y tambores, ni a las agrupaciones musicales, ni a las bandas de música. Oír ruido simplemente, sin saber si la interpretación es buena, si los solos son limpios y dignos de elogio, si la composición me dice algo… acabar y poder dar palmaditas en la espalda y decir a todos: sois los mejores.

    Me gustaría también que no afectase lo más mínimo ver como hace tiempo tenía que haber invertido en troqueles, que por estos lares, están muy de moda, y ahora podría vender esas acciones e irme en este periodo vacacional a cualquier playa paradisíaca. Que no se me desprendiesen las retinas al ver como nos llenamos de kilos y kilos de bordados a máquina, no como solución intermedia a una necesidad puntual, como ocurriría en otros sitios, sino con visos de ser definitivos, y orgullosos estamos de ello, como para no. Somos la repera y descubridores de la pólvora. Mientras en otros sitios sacan bordados en condiciones, aunque tarden lustros en concluirlos, nosotros lo tenemos de un año para otro, y encima, mucho más barato. Se ve que nos gusta asar la manteca, y felices estamos de ello.

    Envidio a quienes reciben las publicaciones cofrades, como despertador de quién tiene que sacar las túnicas del armario y llevarlas a la tintorería, y miramos embobados las fotos, sin prestar más atención de si sale bien o mal nuestro paso. Les envidio, y lo digo sinceramente, por qué a mí me hierve la sangre al descubrir múltiples errores en ellas, faltas que nadie se ha tomado la molestia de corregir, ni de contrastar, y presentamos ufanos ante la plebe. Leer los artículos de quién afirma una cosa, y realizan todo lo contrario, y es que se ve, que hay que hacer lo que dicen, no lo que hacen.

    Intentaré, lo aseguro, ser como ellos, ser feliz desde la mejor de las ignorancias, ver una túnica, y no una mortaja, ver algo que brilla, y no la calidad de la pieza, oír ruidos, no escuchar música, tomar limonadas, y no parecer que estoy pegado a la almohadilla hasta que reviento, exigir mi brazo, que éste es mi brazo, porque llevo pujando aquí toda la vida, desde 1521, o incluso antes, en vez de buscar el sitio en el que mejor cuadro, de…

    Quiero ser un superpapón, y mientras se lleva a cabo esa metamorfosis, volveré a salir a la calle, abrazado a la tristeza.


Lectura del Acta anterior