| Conversaciones con Paponio (24) |
Hola de nuevo Paponio. Una vez más se me presenta el reto de hacer balance de la Semana Santa que nos anega de sentimientos a veces contradictorios. Y digo “reto” porque mencionar algo que no haya sido dicho antes se me antoja cuanto menos complicado. Aún así lo intentaré. Lo más cómodo para mí sería ir mencionando día a día los pormenores de cada uno de los actos y procesiones. Barajé esta posibilidad pero creí que resultaría monótona y tediosa. Lo que haré será, una vez más, ahondar en mis sentimientos y plasmar lo que para mí fue esta Semana Grande, esos momentos que me conmovieron, lo que me zarandeó. Y quisiera comenzar este recorrido con una ausencia. Me refiero al buen hacer, al ejemplo de puja y sincronía entre ésta y la música que el año pasado nos ofreció por las calles de nuestra ciudad el magnífico paso del Nazareno de La Bañeza. Pero la Semana Santa cazurrina tiene sobrados méritos que poder contar. Quiero recordar por ejemplo, la salida de la parroquia del Mercado de La Morenica, mientras el coro, con más voluntad que acierto interpretaba en su honor el himno a la Virgen del Camino. En esa misma procesión, la llegada a las Carbajalas y la estación en su templo, o el canto de la salve que unas voces graves y muy entonadas de sus braceros airean en lo que antiguamente fue el convento de Santo Domingo. Y me llamó la atención el paso corto (llamado paso sevillano) que las braceras del Sacramentado utilizaron para mecer su paso de palio. La procesión del Dainos, suspendida en su tramo callejero pero no así en el interior de la iglesia, desfile interno con canto del Rosario de la Buena Muerte incluido y música de orquesta, que nos dejó a todos un muy buen regusto pasional a lo leonés. El desfile de La Redención, que cada año pone en la calle su buen hacer, con una puesta en escena magnífica y sus impresionantes tallas encaramadas sobre unos tronos de una factura acertadísima. Y el Santo Cristo del Perdón no pudo perdonar, por mor del Ministerio de Justicia, pero salió a la calle y estrenó dos tallas nuevas para su Sentencia. Un año más me resultó gratificante ver como la Virgen de las Lágrimas de Angustias y Soledad, considerada como la Virgen fea, fue capaz de mostrar su serena y madura belleza, tocada con un manto de color púrpura y mecida con mimo por sus braceras. Ahora también me acuerdo del Jesús de Medinaceli, ese Cristo que te taladra con la mirada, saliendo del templo de los Capuchinos, en un silencio sobrecogedor. El lirismo, el fuego y la leonesidad iluminaron mi alma agnóstica en la noche del Miércoles Santo, en la noche de la Ronda Lírico –Pasional de la cofradía del Desenclavo, al igual que en la tarde-noche del Jueves hiciera con propios y visitantes la ceremonia de Las Tinieblas que esa misma cofradía desgrana todos los años en el hermosísimo templo matriz de Santa Marina. Y da gusto ir siguiendo el paso cadencioso de La Casa de Betania en la procesión de la Cena, por ir escuchando a su agrupación musical. Un espectáculo es siempre contemplar el Arte con mayúsculas de los desfiles del Viernes Santo leonés. Quizás no sea muy objetivo, por razones obvias, cuando digo que una vez más enfermé de gozo al ver la plaza de San Isidoro “hasta la bandera” a pesar de la lluvia, para presenciar la ceremonia pública del Desenclavo que tiene lugar todos los años en el atrio del citado templo. Acto emotivo preñado de silencio, roto solamente por el lastimero canto de Las Llagas que entonan las braceras de la cofradía. Y limpiar varas y parrillas, y poner almohadillas, y componer la túnica a un Nazareno, y vestir a la Virgen, y montar y desmontar tronos... y andar y desandar calles y plazas a la busca del mejor ángulo para contemplar el paso de la poesía hecha madera. Esa, Paponio, fue mi Semana Santa. |